No es el lirio de nieve, no es el pálido lirio el que refleja dulcemente en mi, su blancura: en el gélido cáliz de su belleza pura jamás pudo brindarme ni la paz ni el delirio.
Ni la dulce azucena de cándida clausura bajo el azul erguida como trémulo cirio: el sol que la desflora con radiante martirio dice que su virtud no es par de su hermosura.
Sólo erigen tu cuerpo los flancos de la diosa, su sonrosada pulpa, su gracia procelosa, la tersura y el ritmo de su vibrante curva.
Y sólo tu pudieras, ingrávido narciso, convertido en aroma, guardar el indeciso palpitar de la Amada que mi soñar conturba.