Fue en el palacio de cristal de un sueño dulcemente febril, plácida orgía… Un reír y una voz, la melodía; y en un regazo mi cojín sedeño.
El mudo esclavo ya no fuí; su dueño con ebrIedad morosa me sentía. Sobre su esbelta desnudez ceñía la gracia un manto de imperial diseño.
Era la virginal magnificencia, toda fulgor y grávida sapiencia, sagrado cáliz, perfumado leño.
Sin falacia, sin tedio, sin reproche, la diadema nupcial tejió la noche, en el palacio de cristal de un sueño.