1 Deberías marcharte. La fiesta ha terminado. Helada y sucia ya se anuncia el alba con su oscuro cortejo de presagios. Tendrías que acostarte, huir de este lugar antes de que la luz te restituya esa imagen de ti que ya conoces, indefensa a tus ojos, lastimosa.
Has tocado por hoy el fondo de tu noche: las ropas no guardan la corrección de unas horas atrás y tu lengua está torpe, has empezado a hurgar en la memoria y ya no hay quien te fíe. lo más sensato ahora sería retirarse.
2 Aquí, con convicción, ya nada te retiene. Suena de nuevo idéntica la música y no es fácil andar sobre el untuoso suelo del local. Ha pasado la hora de raptarse alguna compañía con quien querer fingir la noche inacabable, y te será mejor no recurrir a invitados finales, errante cada cual en su constelación, rezumando bebida como paredes húmedas, dispuestos a cualquier confidencia extemporánea.
Es infame el lugar. Tal vez lo fuera siempre; pero hasta hace poco era el teatro idóneo para tus intenciones. Se trataba de malgastar el tiempo, uno más entre la turbadora clientela, regresando al sabor bronco de noches apuradas, de ti mismo perdido y encontrado. El azar nos otorga reductos alejados de la severidad, momentáneos reinos en donde nadie trata el enojoso tema de la vida, no importa si a conciencia o ignorantes de que la vida huye al ser nombrada. El azar nos obsequia y el azar nos despoja.
Así te ocurre ahora: la fiesta ha terminado, y con la fiesta terminó el hechizo.
3 Has apurado el plazo que la noche te había concedido, y a quien la luz ha de traer ya lo conoces. Si vuelves hacia casa, con tus pasos volverán sus pasos. Y a tu fatiga su fatiga habrá de acompañar. La fiesta ha terminado y queda su enseñanza: como una vieja deuda contraída, nada hay más imposible que escapar de nosotros. Ya se aproxima el alba, y nadie ignora que todo plazo acaba por cumplirse, que toda deuda acaba por pagarse.
4 Ya ves; eso es lo que te aguarda, si te marchas, y lo que aquí te espera no es mejor. Conoces de antemano cuál será tu conducta: sopesarás los dos ofrecimientos que posees -la despoblada soledad de una fiesta ya extinta, la habitual afrenta de estar solo contigo- y antes de encaminarte hacia la casa apurarás la noche un poco más. (Un poco más, a estas torpes alturas de tu vida, no puede ser muy malo.) La fiesta ha terminado. Y aquí viene la luz, la vieja hiena.
Has apurado el plazo que la noche te había concedido, y a quien la luz ha de traer ya lo conoces. Si vuelves hacia casa, con tus pasos volverán sus pasos. Y a tu fatiga su fatiga habrá de acompañar. La fiesta ha terminado y queda su enseñanza: como una vieja deuda contraída, nada hay más imposible que escapar de nosotros. Ya se aproxima el alba, y nadie ignora que todo plazo acaba por cumplirse, que toda deuda acaba por pagarse. De “El último de la fiesta” 1986