..T..

..T..

Cuando deje las sábanas, mañana, pensaré que mi sueño de la noche no ha sido sólo un sueño y que lo que me aguarda no es la huraña mañana de mañana. Acogeré mi cuerpo esperanzado, como un feliz presagio inmerecido, y si hay un cuerpo a1lado, será maravilloso descubrirlo, saber que las monedas que he pagado De La vida de frontera

Es extraño. Si trato de recordar el fuego de las noches sagradas, un verano violento -como cualquier verano-, con su luna de sangre y crepitar de brasas, recuerdo esa violencia y la felicidad, recuerdo el fuego, pero aquí no está el fuego, aunque yo sé que ardía en esas noches.

Resulta sorprendente. Si vuelvo atrás la vista, hacia nuestras reuniones, sé lo que confesamos, rememoro el ingenio de los viejos amigos, puedo escuchar la risa, y esa desesperanza de la que se alimenta cualquier joven, porque se sabe fuerte, invulnerable. Y, sin embargo, aquí, en la presente noche, nadie se ríe ya, y la desesperanza no es siempre un alimento adolescente.

Es curioso. Si miro las páginas de un libro, o esos rostros que hablan en la pantalla y nos conmueven, yo sé que nunca fueron, como sí sé que fueron mi fuego y mis amigos, son palabras que nadie ha pronunciado al margen de esos libros, son los rostros de quien prestó su rostro a quien no existe, y sin embargo están en esta misma noche, y son y me acompañan y me ayudan.

Lo que parece eterno en la memoria ha dejado de serlo, y lo que nunca vivió en nosotros mismos es nuestra eternidad. Es extraño, es curioso, es sorprendente: no estoy del todo en mí, y cuando acudo a lo que debí ser, todo ha cambiado. Estoy donde no estoy, y en lo que no soy yo, y hasta en no importa dónde, y hasta en no importa cuándo.

De “Los países nocturnos” 1996

Igual que sucedía, siendo niños, con las mágicas gotas de mercurio, que se multiplicaban imposibles en una perturbada geometría, al romperse el termómetro, y daban a la fiebre una pátina más de irrealidad, el clima incomprensible de los relojes blandos. Algo de ese fenómeno concierne a nuestra alma. En un sentido estricto, cada cual es obra de un sinfín de multiplicaciones, de errores de la especie, de conquistas contra la oscuridad. Un individuo es en su anonimato una obra de arte, un atávico mapa del tesoro tatuado en la piel de las genealogías y que lleva hasta él mismo a sangre y fuego. No hay nada que no hayamos recibido ni nada que no demos en herencia Existe una razón para sentir orgullo en mitad de esta fiebre que no acaba. Somos custodios de un metal pesado, lujosas gotas de mercurio amante.

De “Metales Pesados” 2001

Yo puedo oler el miedo en cualquier parte. Y por saberlo no hay que perder la calma. No es un hecho asombroso. Es sólo un hecho.

Parece que no hay nada fuera de lo corriente, y, sin embargo, hay miedo, hay un rumor obsceno, que es la vida latiendo por debajo de la vida.

La cuerda del violín se tensa demasiado, la caldera estallará dentro de unos momentos. Y todo es como siempre.

La muchacha baila medio desnuda en mitad de la pista, y unos tipos babean en la tiniebla espesa.

(Todo en calma. Sin novedad en el frente. Y el silencio se afila poco a poco.)

Dos novios, embobados, ella con la cabeza sobre el hombro de él, escuchan a las sombras hablar en la pantalla: Arranca y vámonos. Qué mierda de país. Desde hoy en adelante, s6lo será mi hogar la carretera.

(No hay nada que objetar. No hay nada que temer .)

Los bañistas sudan al sol de un verano implacable; del chiringuito próximo, penosa, llega la consabida canción de un transistor.

(Y las saetas están a punto de alcanzar su límite, el agua hirviendo se desborda del mundo, y aunque nadie lo advierta, ahora es la vida un hierro al rojo vivo.)

No hay nada que temer, no hay nada que objetar, todo bajo control y todo en calma, y, sin embargo, hay una vida que arde debajo de la vida, y un clamor insufrible que alimenta el silencio, y un continuo rumor en mitad de la nada.

Que cada cual acepte su condena: yo puedo oler el miedo en cualquier parte.

De “Los países nocturnos” 1996

Cuando deje las sábanas, mañana, pensaré que mi sueño de la noche no ha sido sólo un sueño y que lo que me aguarda no es la huraña mañana de mañana. Acogeré mi cuerpo esperanzado, como un feliz presagio inmerecido, y si hay un cuerpo a1lado, será maravilloso descubrirlo, saber que las monedas que he pagado (y las monedas con que me ha comprado) han sido las monedas del amor, que pagamos con gusto y por el gusto, locos de amor los dos. Y amar, esa mañana, extrañamente, será la redención de nuestros actos pasados y futuros, y el hecho del amor, en su presente, será como la historia sin la historia, un cuento que contamos con los cuerpos y que tiene sentido, lleno de ruido y furia compartidos. Y si despierto solo, despertaré contento de estar solo, por la simple razón de estar conmigo, que soy el viejo amigo de algunos buenos ratos que he vivido. Se inundará la casa con el sol, y si no hay sol se inundará de gris, un gris reconfortante, de París, que es la ciudad que tiene un gris más sol. Haré mis abluciones matinales y haré la colación, y respecto al milagro de que los alimentos alimenten haré una reflexión profunda, sorprendente, que alimente las estancias del alma y que dé calma a un alma que ama la contemplación. Para el resto del día tendré planes y hasta tendré esperanzas, que ya es tener bastante un mismo día, y en un claro derroche de energía tendré la convicción de que los planes y hasta las esperanzas no son la más completa tontería. Naceré a mi ciudad, como si fuese la primera vez que nazco y que la veo, contento de nacer y de fundar, igual que un gran viajero, mi ciudad, quizá un lugar tranquilo junto al mar, donde esperar consiste en encontrar una buena razón para esperar el paso de los días. Ya la ciudadanía, que, comúnmente, es una porquería, una viciosa tropa indiferente, habré de comprenderla, y, comprendiéndola, comprenderé toda su indiferencia, su desprecio, porque tendré conciencia de que quien más quien menos (y me incluyo) tiene una innoble historia que contar, lo cual, si no inocentes, nos vuelve dignos de algo de piedad. Seré un huésped del tiempo, un invitado que aspira a estar contento y al cuidado de las horas, hasta lograr que el tiempo sea por fin mi líquido elemento, y no un andén desierto en que aguardar trenes de paso hacia ningún lugar, cansado, el pensamiento, de sentir, y de pensar, cansado el sentimiento. Toda la peor vida de la vida, que a veces es la única que ocurre, le habrá ocurrido a un yo que no conozco, un yo que a fuerza de desconocido convierte en no vivido lo vivido, y el yo que reconozco, el que comparte la vida preferida (ésa que ha estado siempre en otra parte) sera mi yo más mío. Y la vida que venga será fácil, o lo parecerá (que más me da) será la dulce vida, y por dulzura y por facilidad será una eternidad mientras me dura, aunque sólo me dure un día más. Por eso, más que un día, mi día de mañana es el proyecto de un tiempo por llegar: es el pluscuamperfecto de futuro. Ya sólo hay que aprenderlo a conjugar.

De “La vida de frontera”

Quiero tu sangre joven, que es querer todo lo que la vida aún no ha podido hacerte. De lo que me alimento es de esa inútil sangre esperanzada, de cuanto sé que ignoras hasta hoy, y que más nos valdría que no supieses nunca. De esa manera, por obra de tu sangre, creo en lo que no creo, y olvido lo que sé que te ha de suceder. Quiero esa risa que aún no ha tenido tiempo de hacerse prudente, de pensarse dos veces si reír es celebrar el mundo o lamentar su estado. Envidio el que no hayas vendido ninguna alma al diablo, y que bailes con él a la luz de la luna, a veces, sin conciencia. Juego contigo, porque no sabes las reglas, ni siquiera las de tu propio juego, y mientras las aprendes soy el que ya no soy desde ya no sé cuándo. Quiero la impunidad con que te entregas a la tarea de vivir la vida, sin paz, sin horizonte, sin infierno, que son el argumento de las vidas ajenas. Viéndote hacerlo, se diría que desconozco todo lo que conozco.

Así es tu sangre. Ya sabes lo que busco. Qué tristeza que el tiempo, o yo, o tú misma tengamos que matar, en ti, toda tu sangre.

De “Los países nocturnos” 1996

En nuestra sumisión nos consumamos, en nuestra servidumbre nos crecemos, vivimos a compás, en la angostura de un andar errátil que nos da la amplitud, al comprender la bella anomalía de este viaje.

Nómadas en esencia, muchedumbre que cruza en extravío del uno al otro lado de nosotros, polizones en la nave del mundo, huéspedes al amparo de nadie, en deuda con la vida, que está en deuda con el secreto amor que profesamos a todo trance siempre hacia la vida. Apátridas por fuerza en nuestro espíritu.

A la buena de un dios en descalabro, clandestino de mí, pobre de qué. señor de dónde, en un inacabable deambular, al arte por el arte de estar vivo.

Un vaso de agua fresca al transeúnte, un pedazo de pan al vagabundo, un puñado de sal al peregrino, que voy en trashumancia, que voy de merodeo, voy de paso.

De “Metales Pesados” 2001