La soledad, mi mala consejera, vuelve otra vez a hablarme en el oído: Para habitar la bruma o el olvido basta morirse de cualquier manera.
Lo mismo da morirse en primavera de una corazonada, que mordido por los perros del hambre, que aterido en un invierno pálido y cualquiera.
La verdad es que igual me da sentirme de silencio la voz, el pie de roca, yerto para escaparme o evadirme.
Máteme a mí la muerte que me toca. A mí tanto me da de qué morirme. Pero es mejor morirme de tu boca.