Por estas tierras de mi Andalucía cruza un río

Por estas tierras de mi Andalucía cruza un río

“…y yo no me conozco sino en la prisa de tus ciegas aguas…” Octavio Paz

Por estas tierras de mi Andalucía cruza un río. No es el Guadalquivir, con mirtos y naranjas, Ni el Genil hortelano, ni el Darro oscuro, ni el Guadalete olvidadizo y manso, Ni el Tinto tinto, ni el Guadiaro serrano, ni el Guadalhorce tortolero.

Es un río que arranca de los montes más altos y más hondos, Borbollea en las covachas, susurra en las raíces de los lentiscos, Grita al saltar de piedra en piedra, de mirlo en chamariz, Y cuando se encauza en la ladera, memoria abajo, fiesta en fuga, Se pone a hablar con una voz que no tenía, Con un son que no es posible porque se ampara en el silencio, Pero que resulta verdad y se oye y, si no se acompasa, Es porque definitivamente va cayendo, creciendo en pena y en caudal, Llevándose por delante cuanto deja a su espalda, arrastrando solsticios y cadenas, adelfas y amuletos, chumberas y avefrías, Pámpanos, ánforas, dorrajos, Alcornocales y monedas, cintas que ataron trenzas o ataron cartas, Cualquier cosa, una piedra, dos salamandras, tres Sueños.

Allá se marcha, con el rebaño de sus aguas ciegas, Ignorándolo todo, es decir, comprendiéndolo todo desde adentro, Desde ayer y los siglos soterrados, Diciendo su canción a quien no va con él porque es él mismo, Río mordiendo las arenas para más ensancharse, No aferrándose a los cañaverales y a los tojos en pos de lentitudes, Sino tomando impulso en ellos para ganar en prisa y en rumor, Para llegar más pronto a su final inalcanzable, Porque no existe ese final, ni por supuesto es el mar y sus abismos, Sino la hoya del corazón, el boquete en la tierra de la esperanza, Agua -ay, sombra trasteada- que no desemboca.

Allá se marcha, pues, el río éste de mi Andalucía, Quieto en mitad de las marismas donde Huelva se asoma a su milagro, Campaneando en una torre de Sevilla con lágrima y paloma, Subiendo a la alcazaba donde Málaga afila sus fervores, Bajando a algún jardín de Córdoba morena y combativa, Amaneciendo en Cádiz -o en Tartessos- de sales y cuchillos, Despertando la gleba rojeante de la oliva Jaén, Borrando los añiles con que alumbra sus calles Almería, Calando más los pozos -las brujas azaleas- de la oculta Granada.

Lleva en sus manos que no tiemblan, Además de anillo de plata de Argantonio, con un toro encendido, La luz de una garganta que no ha callado nunca, Que no va a callar nunca aunque la Tierra deje de girar Y se recline, pobre peonza, en una esquina de una plaza Del universo, campo De la verdad.

La luz ésa que digo Es la luz que portaba -y vale como ejemplo- el viejo don Luis De Góngora, para abrirse camino entre sus soledades, O el pulcro don Fernando De Herrera, para no tropezar con tantas consonantes y ausencias y agonías, Y el menudo y celeste Manuel de Fuego, atlante Lastimado, y Federico por Fuentevaqueros, todavía Sin luto entre las sienes, Y los Machado caminando juntos, y Silverio en la mesa de un café Rompiéndose las cuerdas Que le ataban, y el Torre y don Antonio Chacón y Manolo el gitano despidiéndose -caracol sollozante- de los niños remotos de la Cava, Y Joselito y Juan, gallo y tormenta, Y ese lirio espigado de Medina Azahara que se tronchó en Linares, Y Juan Ramón por su Moguer de lumbre, Y Velázquez, prestando su paleta conmovida al indomable Pablo, Y Turina, con la Giralda fiel por pentagrama.

Y esa luz que no cesa, ese vivo relámpago, Esa palabra o signo irrenunciable, esa brizna de sol, Es la que entre las manos del río que no nombro Camina hacia otra luz, lleva a la Andalucía hacia otra luz, A la que no resulta fácil arribar Después de tantos lustros de abandono, Pero que aguarda desde siempre, inamovible, cierta, Aguarda desde siempre a esta anhelo, a este río, A esta corriente que la sangre calienta y empuja con su hervor, Para fundirse, plena, como las bocas en el beso, Luz sola y una, cándida llama, tronco Sosteniendo el destino Común.

Por estas tierras de mi Andalucía cruza un río. Y a sus orillas se acercan a beber las alondras, Los caballos de Vico, los ciervos de Doñana, Los erales de Ronda, los bravíos jilgueros de Abdalajís, Las águilas de Gádor. Ese río es tan limpio Como la libertad Y yo no me conozco sino en sus aguas rumorosas En las que las muchachas hunden sus brazos y sus sábanas Antes de tenderse y tenderlas sobre el romero azul, Sobre la flor morada del cantueso, Y ponerse a cantar con voz de trigo, Con voz de mucho tiempo y soledumbre, La bienaventuranza de unos campos, Unos pueblos antiguos y unas gentes tan nobles Como el pan. Que llevan una luz sobre sus frentes Con el mismo donaire y el mismo señorío Y la misma sencilla prestancia con que llevan La copla entre los labios.