¿Qué harás?

¿Qué harás?

¿Qué harás? ¿En que momento tus ojos pensarán en mis caricias? ¿Y frente a cuales cosas, de repente, dejarás, en silencio, una sonrisa? Y si en la calle hallas mi boca triste en otra gente, ¿la seguirás? ¿Que harás si en los comercios –semejanzas– algo de mi encuentras? ¿Qué harás? ¿Y si en el campo un grupo de palmeras o un grupo de palomas o uno de figuras vieras? (Las estrofas brillan en sus aventuras de desnudas imágenes primeras.)

¿Y si al pasa frente a la casa abierta, alguien adentro grita: ¡Carlos!? ¿Habrá en tu corazón el buen latido? ¿Cómo será el acento de tu paso?

Tu carta trae el perfume predilecto. Yo la beso y la aspiro. En el rápido drama de un suspiro la alcoba se encamina hacia otro aspecto. ¿Qué harás? Los versos tienen ya los ojos fijos. La actitud se prolonga. De las manos caen papel y lápiz. Infinito es el recuerdo. Se oyen en el campo las cosas de la noche. –Una vez te hallé en el tranvía y no me viste. –Atravesando un bosque ambos lloramos. –Hay dos sitios malditos en la ciudad. ¿Me diste tu dirección la noche del infierno? –…Y yo creí morirme mirándote llorar. Yo soy… Y me sacude el viento. ¿Qué harás?