En las bocas del metro nadie espera a nadie. Solamente se ven manos, extremidades mutiladas. Bajo la tierra se oyen trenes y zozobras, se oyen detonaciones donde brilla un momento tu ausencia y mi infortunio. Nada, por lo demás, ha variado. El tiempo sigue siendo un puente oscuro, metálico, insalvable, o cierta música que a mis espaldas dura destejiéndose. Y tú, la anunciadora del otoño, ya no podrás perderte en esta niebla.
Desde la torre un centinela aguarda, traza señales bien visibles, siente el perezoso ritmo de tus pasos por la senda de las indecisiones.
¿A qué otro techo para refugiarte? Yo mismo, oh muerte, soy tu propia casa.