Renuncio a morir

Renuncio a morir

Era el otoño y la hoja de aquel árbol temblaba. También yo, también nosotros teníamos un temblor nuevo, una nueva y enfebrecida tarde. Como el mar que rompe hacia las rocas y las vence, así eras tú, estudiante. Conocía tu soledad, tu cuerpo, desde antes de ver tu cuerpo y ver tu soledad. « ¿Estudias mucho? » «Estudio poco.» «¿Vives poco?» « No, vivo mucho.» Parecía que tus palabras me arrastraban, era todo tan nuestro de verdad, tan bello de verdad, tan sencillo. Me acordaba de aquel niño lejano que aún creía en Dios, en sus milagros. (Madre, madre, un día vendrá Dios hasta los pobres y hará justicia.) Mientras, era el campo, fijamente mirábamos el campo verde, universitario, lentamente se humedecía la yerba. Era de oro la hoja del árbol y temblaba, era no sé de qué tu corazón y abría sus puertas a la yerba verde y húmeda. Náufragos del jardín, resucitábamos, llegábamos a amarnos, me perdía, me salvaba, dudé, toqué las llagas de aquel paisaje con los dedos como se toca un árbol, una flor, un cuerpo: para creer. Olía a vida. Se respiraba la vida. De repente alguien, el viento, nos dejó sin libros, nos hizo dioses. Y quedamos solos, frente a frente, mirando aquellos campos solitarios, y libres, y vencidos, a nuestros pies. Podía renunciarse a morir ante aquel milagro. «Pero ¿me escuchas, me comprendes, vas conmigo?»

Era el otoño y la hoja de aquel árbol, que era de oro de verdad, temblaba.