Hay dolores fluidos, del color de la sangre, que transcurren del pecho dulcemente, ligeros. Y hay dolores oscuros, sinuosos, tan lentos que poco a poco empapan hasta un henchirnos ebrio
Dolores de locura, como vinos malditos que nos arrojan, ciegos, a la plétora turbia de una angustia sin ley, sin un fin, sin un eco!
¿Y ese dolor viscoso, como un líquido negro, y espeso y resbalante, sangre densa, ya muerta, que avanza por el suelo de nuestro ser…, que avanza y deja frío el marmóreo piso que somos, rezumándolo, los que estamos dolientes; Dolores que acribillan esta piel vulnerable del alma en desamparo, cuando Él no la escuda; dolores que nos hacen poco a poco insensibles, dolores sin un pliegue, dolores de coraza.
¿Y ese dolor compacto, cuajarón de betunes que el fuego derritió y ahora va despacio, dejándonos teñidos de una noche sin alba?
¡Ese dolor del preso, del que espera su muerte cogido por grilletes, por cadenas sin quiebro! Ese dolor del cuello que se espera tajado por un hacha que corta aunque una madre rece.
Ese dolor tan ancho, tan creciente, es el mío: el que mi nuca sufre quedándose sujeta por la masa de sangre negra, muerta, incesante…
¡Parad el mundo ciego, paradlo en la mañana de una mañana abierta como una rosa entera! ¡Pararos, por piedad, que mi dolor se vuelca y toda soy un charco de gritos de agonía!