La piedra intacta se yergue en nudo negro de grasa y sangre.
Los ojos, roedores de tinieblas, viven al fondo de un pozo iluminado.
Marionetas y naranjas se deslizan por tumbas sin sonido.
No hay cielo que resista el rayo y el incendio, y los muertos duermen ajenos a sí mismos.
(El amor de los ataúdes tiene márgenes sensibles y flores violentas.)
En los arrecifes duermen los nenúfares, Señor, y los muertos se creen culpables.
Se ofician funerales en la línea de los tejados, y desde el cielo canta un tigre del color del olvido. * * *