En la distancia estás, pero presente sigues en mí. Tus ojos no se han ido. Fijos, me dicen: “Calla. No hay olvido. Te engaña el viento, el horizonte miente”.
Estás aquí, debajo de mi frente, cerca del corazón y su latido. Tu aliento va en mis venas escondido como un secreto, generoso afluente.
En la ceniza está oculta la brasa y el fuego en cada pecho que suspira, que el gozo besa y que el dolor traspasa.
Déjame, amor, al menos la mentira de este espejismo dulce que no pasa como un leopardo de humo que se estira. * * *
gota en la lluvia y llama con el fuego, aroma en cada rosa, instante ciego, y nardo que dio envidia a la blancura.
Fui sombra en la profunda noche oscura, silencio en la raíz, raudo despego, y al fin a tu distante orilla llego: roto el timón, la brújula insegura.
Al borde de tu barba se me queda detenida la voz, mudo el acento como el viajero exhausto en la vereda.
La caricia que tejo y que alimento se apaga en una suavidad de seda hasta morir hilada por el viento. * * *
mi larga y venturosa travesía, mi explorada, bendita geografía, mi ruta circular, mi viaje quieto.
Eclipse de la voz, fuego indiscreto que cumple prodigiosa profecía, da lumbre al sol y claridad al día, sombra a la noche, a la ilusión objeto.
Da sed al agua, filo al malherido, paz a la angustia, a la inquietud urgente reposo dulce, albergue bendecido.
Y derrama en tu beso ese torrente que llevas en el pecho contenido y en la sonrisa encubres, de repente. * * *
lo que pinta su voz con el aliento, lo que construye su palabra al viento, lo que desde sus manos se derrama.
Lo que florece en tierra o en escama, lo que da al mundo desde el pensamiento: trigo y harina, masa y alimento, la letra impresa, el fruto en cada rama.
Un hombre, sobre todo, es el reflejo del instante fugaz en que respira el aire que lo va poniendo viejo.
Un hombre es esa imagen que suspira cuando por fin descubre en el espejo un ángel sosegado que se mira. * * *
sembrando esa verdad en cada herida, rescatando la brasa consumida y el incendio en el vientre del granizo.
Viviendo libre, sola y sin permiso, indiferente al miedo, convencida de ser cauce fecundo de la vida y fiel depositaria de su hechizo.
Una mujer que sabe y reconoce por igual lo que piensa y lo que siente, que abraza cada pena y cada goce.
Una mujer que reta a aquel que intente colocarla en el centro de la ira a arder los pies sobre incendiado puente.