Lengua del mal, guijarro de la muerte… Sara de Ibáñez
sombra en el sol, carámbano en el fuego, río de luz que fluye en ojo ciego, brújula encandilada y confundida.
Vas en mis venas como va la vida en el ardor oculto que trasiego y afirmas en mi pecho lo que niego con la voz traicionada y malherida.
Vas en esta palabra renacido con una decisión de ser tan fuerte capaz de hacer arder hasta el olvido.
Y yo, que renunciara a retenerte, me abandono en el cauce de tu oído, lengua del mal, guijarro de la muerte. * * *
pero sus ojos glaucos, amorosos, besan los tuyos mudos y gozosos de arder sin fin en tan feliz tormento.
No se escapan del labio voz ni aliento de no dar cuenta del amor medrosos, mas pueden piel y tacto codiciosos aprisionar la magia del momento.
En el dulce minuto sin ceniza vibra con cuerda oculta el tiempo quieto olvidando en la carne cauce y prisa.
Y logra el beso conquistar el reto que en la piel fugitiva se eterniza con la finura de un puñal escueto. * * *
más denostada cuanto más querida por unir gozo, muerte, llanto y vida en manantial sin pausa derramado.
Fuego fecundo, instante congelado, vas navegante en permanente herida: la voz renace cuanto más transida y el canto vibra del dolor alzado.
Busco tu corazón, fiel enemigo, con la palabra en que al olvido reto, con la ilusión con que al amor bendigo
y en vano intento mantener sujeto el don con que en tan dulce y cruel castigo me rozó la cintura tu secreto.* * * *
¿Quién tuerce el derrotero de tu vuelo? ¿Quién te regala el llanto y el consuelo? ¿Quién hay que de tu canto se apodere?
¿Quién abandona el trino, quién lo quiere? ¿Quién alimenta su tenaz desvelo? ¿Quién eleva sus alas hasta el cielo y salva a la ilusión que desespere?
Encuentras el desdén, gesto vencido, rota la fe, sin fuerza el ala inerte, en el páramo frío del olvido,
Y vas, confiada al rumbo de la suerte, sin mí, que doy tu cielo por perdido, y consumí la luz por comprenderte. * *