Muchacha, si te entregas a los cerdos, merecerás morir en la matanza. No sería en todo caso más horrible que la horrible, cínica contradanza.
Pregúntate por qué has de estar debajo si eres mejor que ellos. Créeme, muchacha, la heteropatía nunca fue un buen invento.
Oremos
Líbranos de la pena porque ella destroza el corazón larvadamente y trae sombra a los ojos de los niños.
Líbranos de la dicha porque a ella le siguen siempre penas que la hacen aún más amarga que las penas mismas.
Líbranos del dolor que nos reduce a tristes bestias de ojos humillados que sólo buscan un rincón caliente.
Líbranos del placer que nos obliga a creer que este mundo es dulce y bueno justo hasta que salimos del encanto.
Líbranos del mal hado y la pobreza que nos azotan con mano invisible hasta que maldecimos nuestros nombres.
Líbranos del buen hado y la abundancia que vierten la ponzoña gris del tedio en la copa de oro del cinismo.
Pastoral
A la serena duerme mi ganado… Miguel Hernández
A un cordero que es entre los rebaños lo que un muchacho hermoso entre la gente lo quiero con cariño diferente, más propio de un rapaz que de mis años.
Come en mi mano; bebe de los caños de metal renegrido de la fuente; me bala, y su balido sonriente inunda de dulzor los aledaños.
Esta mañana en que yo estoy bordando grecas en un mantel, y canta el tordo, y mi cordero bala casi hablando,
mientras él bala y brilla el sol y bordo, me pregunto si lo querré igual cuando envejezca y se vuelva fuerte y gordo.
Retrato gongorino
Es la hora aquella en que el carro Febeo ha comenzado ha poco su carrera, y una boca de hoguera su aliento abrasador da ya encendido a hemisferio dormido, cuando aquel a quien nunca llaman feo ni han razón, que alto más que Cipariso, que Jacinto fragante y más ensimismado que Narciso y orgulloso que Apolo ser pudiera si Olimpo griego su morada fuera por ciudad castellana, vuelve a la vida desde el oscilante caliginoso mundo que se habita a párpados bajados y disuelve la luz de la mañana. Sobre plumas y linos abrazados, pasa de tierno ovillo a ancha corriente; los paisajes que viera un selenita tiemblan en ese río, que a varón como a hembra quita el frío. Al hilo dignifica la hermosura, dulcemente inmadura, del tendido durmiente, porque en dieciséis años no ha habido tiempo aún para los daños de tiempo cruel o práctica natura, que sacrifica el arte a la simiente; en el cuerpo yacente hay candor y abandono y hay tersura que vértigo provoca, como provoca vértigo la boca, roja rosa entreabierta de riquísimo aroma, con las mórbidas formas de una poma, que al más dormido instinto lo despierta. Y los párpados lisos, y de las cejas las espesas líneas, que no han tocado nunca las Erinias con sus crueles avisos, la barbilla perfecta, la nariz intachablemente recta y la suave mejilla ruborosa; la cara más hermosa, en fin, y el cuerpo más hermoso y noble que engendrara jamás mujer alguna, y no quiso el azar hacerlo doble porque tanta belleza fuera una, y pudiera decirse con justicia: “¡Sin par!”; y, en su malicia, por no excederse en buena la Fortuna. Frunciendo el fino ceño, la sublime criatura deja el sueño, que parece llorar por su partida, y en actitud que fuera, para aquel que lo viera, recompensa y gloria inmerecida, se mueve y despereza con voluptuosidad, y al fin bosteza con tan dulce bostezo, que le envidian las flores más preciosas del naranjo, el almendro y el cerezo. Su aliento es el aliento de las rosas… Se yergue, y su hermosura al cielo embriaga y al barro que su planta pisa halaga, y el águila recuerda sus misiones de antaño y lamenta que hoy, para su daño, sea la divinidad siempre tan cuerda. Con leve pie el muchacho sale y deja, más cuanto más se aleja, arrebatada y anhelosa el alma y vacía de calma.
Señores, yo sé bien de los venenos…
Señores, yo sé bien de los venenos de la literatura: la tiranía impúdica y terrible de una Belleza impura que nos mancha los labios de palabra, los ojos de figura y el cerebro de sueños o pecados, en flagrante, diabólica impostura. No la deseo a nadie, y nadie debe desearla nunca, pero benditos los que se someten a su mirada oscura.