Es la hora aquella en que el carro Febeo ha comenzado ha poco su carrera, y una boca de hoguera su aliento abrasador da ya encendido a hemisferio dormido, cuando aquel a quien nunca llaman feo ni han razón, que alto más que Cipariso, que Jacinto fragante y más ensimismado que Narciso y orgulloso que Apolo ser pudiera si Olimpo griego su morada fuera por ciudad castellana, vuelve a la vida desde el oscilante caliginoso mundo que se habita a párpados bajados y disuelve la luz de la mañana. Sobre plumas y linos abrazados, pasa de tierno ovillo a ancha corriente; los paisajes que viera un selenita tiemblan en ese río, que a varón como a hembra quita el frío. Al hilo dignifica la hermosura, dulcemente inmadura, del tendido durmiente, porque en dieciséis años no ha habido tiempo aún para los daños de tiempo cruel o práctica natura, que sacrifica el arte a la simiente; en el cuerpo yacente hay candor y abandono y hay tersura que vértigo provoca, como provoca vértigo la boca, roja rosa entreabierta de riquísimo aroma, con las mórbidas formas de una poma, que al más dormido instinto lo despierta. Y los párpados lisos, y de las cejas las espesas líneas, que no han tocado nunca las Erinias con sus crueles avisos, la barbilla perfecta, la nariz intachablemente recta y la suave mejilla ruborosa; la cara más hermosa, en fin, y el cuerpo más hermoso y noble que engendrara jamás mujer alguna, y no quiso el azar hacerlo doble porque tanta belleza fuera una, y pudiera decirse con justicia: “¡Sin par!”; y, en su malicia, por no excederse en buena la Fortuna. Frunciendo el fino ceño, la sublime criatura deja el sueño, que parece llorar por su partida, y en actitud que fuera, para aquel que lo viera, recompensa y gloria inmerecida, se mueve y despereza con voluptuosidad, y al fin bosteza con tan dulce bostezo, que le envidian las flores más preciosas del naranjo, el almendro y el cerezo. Su aliento es el aliento de las rosas… Se yergue, y su hermosura al cielo embriaga y al barro que su planta pisa halaga, y el águila recuerda sus misiones de antaño y lamenta que hoy, para su daño, sea la divinidad siempre tan cuerda. Con leve pie el muchacho sale y deja, más cuanto más se aleja, arrebatada y anhelosa el alma y vacía de calma.