Señores, yo sé bien de los venenos de la literatura: la tiranía impúdica y terrible de una Belleza impura que nos mancha los labios de palabra, los ojos de figura y el cerebro de sueños o pecados, en flagrante, diabólica impostura. No la deseo a nadie, y nadie debe desearla nunca, pero benditos los que se someten a su mirada oscura.