Era tan hermosa como pude imaginármela. Los cabellos dorados como el trigo maduro. Los ojos más profundos que las profundidades de las aguas tranquilas. La vi aquella tarde de diciembre donde son tantos y todos sin meta los caminos brumosos de la madrugada. Nos cruzamos en los acantilados. Nos cruzamos en el Cotillón do Cabo d’Area. Nos cruzamos en el atrio y entre las dunas de la playa. La miré con mis mortales ojos la única vez. Y su silencio fue como el de un jardín cerrado. Ella no dijo nada. y yo no dije nada. Yo iba a donde todos van. Ella venía de Bristol.