I No es el alma la que tiene alas sino el deseo. El duro deseo de durar, el duro durar del deseo. Bajo la luna de rápido parto el horizonte oculta su silueta en una sábana de cardos.
II En los tálamos de las duraciones, en la paz de tu pez, volver hacia atrás y regresar a pisarte antiguo rostro. Besar en tu boca muerta la espina luciente de estrellas. Esa llaga que, de cierto, es la puerta estrecha.
III En la paz de tu pez, en los tálamos de las duraciones a la deriva de los imanes cardar eclipses en el atolón de ánforas. Oír al claro de luna el serrallo de las ánimas en lágrimas.
IV Mientras en las conchas de tortugas arde el aceite de ballena, las ánforas llenas de panales esperan a que suba la marea de obsidiana. ¡Oh, los bordes, el resplandor que las orla! Tocar sus vientres: centro o mediodía. Y pensar que las tomarán como dianas unos arponeros que no saben asaetear al deseo.
El duro deseo de durar.