Deslumbrante atardecer, pausado y silencioso. La hora está en reposo, tranquila como un escalador que perdió el aliento, el cordaje, en su suprema ascensión.
El sol va rodando apacible sobre un filamento incandescente. Se refleja en los fuselajes la paz del cielo. Mientras, la Máquina potente se despereza, y con su cóncavo movimiento levanta un rumor cual relámpago incesante.
No pude retener por más tiempo esas manos que partieron inopinadamente. La desolación por la ausencia la llenó todo. Pese al estrépito de la lluvia creí oír el avión pasar bajo, entre las nubes, despegando desde el ara recóndita, levantando plumones multicolores. Todo se perdió: la infancia, la juventud. Todo perdido entre la estructura invisible de vastos pliegues. Y el primer amor pasó y el segundo y el tercero. ¿Y el dolor semejante a un diamante? Y el remolino de arena en su danza inaudible de hélices confundiéndolo todo.
¡Todo se perdió!
Y eres un sicomoro al cual cientos de recuerdos se prenden como en un viejo tendal. Estás desnudo en la nieve, en la marea flotando como el dosel de una barca de piedra.
No hay suma que valga. Pero ¿qué fue del desdén? Y por los altavoces de la sala de espera del aeropuerto se urge tu nombre.
Y el corazón vuelve a latir en la ignorancia.