Nuestros encuentros no tienen mundo. Se hacen de pensamiento a pensamiento en el éter o en la vivacidad de los sepulcros, a mil insectos por centímetro.
Nuestros encuentros se sirven de microorganismos y partículas de cobre.
Podemos esperar mil años, y aún más. Nuestros encuentros se realizan en el Iodo o entre el rumor de herraduras y lienzos que precede a las grandes migraciones:
Nuestros encuentros se hacen en el ser instantáneo que pasta y muere, -como pastor y bestia- entre surcos y siglos paralelos. Nuestros encuentros no tienen número ni punto.