Aquellas alas, dentro de aquellos días. Aquel futuro en que cumplí el Estío. Aquel pretérito en que seré un niño.
Desierto, tú quemaste la quilla de mi cuna y detuviste a mi Ángel en su Agraz.
La madre era ascendida al plenilunio encinta, y en un suceso cóncavo trasladaba sus hijos a sus nombres y los dejaba solos, atados a los postes de los campos.
Arrimada a su paño de llorar, venía la Nodriza, tan humilde que no tenía derredor ni Dios. Yo le besé en la piel los labios más profundos de su cuerpo, y desperté en el fondo de su vientre al Niño sucesivo que no muere.