Alter Ego

Alter Ego

Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje en su pecho sedoso: una mujer rojiza incrustada, como en un prado, entre el pelo. Allí debajo brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer. Transcurría el día entre blasfemias y silencios. Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva y aferrada a su pecho peludo, ese hombre bramaría aún fuerte en su pequeña celda.

Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos. Un profundo hálito de mar ascendía de su cuerpo de huesos grandes y recios: estaba tendido al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho como quien ha despertado y podría saltar de él. Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba un sudor solar. La pequeña celda era insuficiente para el alcance de una mirada suya. Al verle las manos, se pensaba en la mujer. Versión de Carles José i Solsora