Volveremos a la calle a mirar transeúntes y también nosotros seremos transeúntes. Idearemos cómo levantarnos temprano, deponiendo el disgusto de la noche y salir con el paso de otros tiempos. Le daremos en la cabeza al trabajo de otros tiempos. Volveremos a fumar atolondradamente contra el vidrio, allá abajo. Pero los ojos serán los mismos, también el rostro y los gestos. Ese vano secreto que se demora en el cuerpo y nos extravía la mirada morirá lentamente en el ritmo de la sangre donde todo se pierde.
Saldremos una mañana, ya no tendremos casa, saldremos a la calle; nos abandonará el disgusto nocturno; temblaremos de soledad. Pero querremos estar solos. Veremos los transeúntes con la sonrisa muerta del derrotado, pero que no grita ni odia pues sabe que desde tiempos remotos la suerte -todo lo que ha sido y será- lo contiene la sangre, el murmullo de la sangre. Bajaremos la frente, solos, a media calle, a escuchar un eco encerrado en la sangre. Y ese eco nunca vibrará. Levantaremos los ojos, miraremos la calle.