Pupila muerta, voy -el surco del camino- hacia los años.
Y qué fulgor -ya allá, ya todo ardido- del charco, espejo enorme. Y qué fulgor, y qué hueco del mundo. Y qué quietud de estatua de sal. La noche ya es de acero para siempre. Frío cárdeno, el aire. De “Erosión” 1968 - 1971