Suave la noche. Blanca la espuma, a flor de labios. Tu cabeza tronchada, cómo pende del hombro.
Noche. Las estaciones del trenecillo suburbano. Acacias, bugambilias, nísperos, tras de verjas, los caminos entre acequias corruptas, de aguas negras y brillantes. Bultos de moreras, ásperas cañas de maíz en dirección al mar. La Malvarrosa. Ancho vagón de polvo y papelillos. Cierras los ojos. Sientes tu cuerpo joven, derrumbado, quieto, pero germinativo y oloroso como el estiércol. Sientes cómo viene el azahar de oscuras fuentes, cómo se emboscan las barracas -girasoles, higueras-, cómo ladran los perros a distancia, cómo canta la vida desde el fondo del barro.
Ya viene el mar, ya hueles su frescor y su sal, su oscura mole fragorosa. Ya caminas, ya sigues al lado de las tapias. La Cadena, el manantial de Sellarim, jardines rotos, perdidos, de azulejos, de fuentes y de bancos de azulejos. Estrellas. Lejos los silbidos del tren. Oh madreselva, verdad, oh dispersión confusa, aquí amaron tal vez -ficus enormes-, aquí venían en calesa -blancos trajes de seda cruda, gasas y sombreros al viento, al mar-, aquí tomaron zarzaparrilla, helados. Aquí urdieron entrevistas nocturnas. Tantas cosas que ignoras, tantos nombres que ignoras, tanta dicha, tanta pasión, que tú nunca sabrás. Y ahora estos jardines que pasaron de moda, estos solares, estos faroles rotos, estas tapias de bambú, de jazmines, de mojadas pasioneras.
Oh noche, cómo es frágil tu paso, cómo es joven tu ropa descolgada y polvorienta; cómo están secas estas manos vacías, que te duelen, entre tanta facilidad. Mas cómo es grande y pura la ligereza, el temple con que bebes lo que te dan: la vida misteriosa, la densidad oscura, informe, vaga; este total, lejano desvarío de tus pasos, en medio del perfume de los huertos, este ir a casa mudo, prieto, febril, dichoso, ebrio de muerte.
De “Pedregal” 1964 - 1968