Al callar la orquesta, pasean veladas sombras femeninas bajo los ramajes, por cuya hojarasca se filtran heladas quimeras de luna, pálidos celajes.
Hay labios que lloran arias olvidadas, grandes lirios fingen los ebúrneos trajes. Charlas y sonrisas en locas bandadas perfuman de seda los rudos boscajes.
Espero que ría la luz de tu vuelta; y en la epifanía de tu forma esbelta, cantará la fiesta en oro mayor.
Balarán mis versos en tu predio entonces, canturreando en todos sus místicos bronces que ha nacido el niño-Jesús de tu amor.
Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas…
Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas de memoria, gravísimo cetáceo; oye a la túnica en que estás dormido, oye a tu desnudez, dueña del sueño.
Relátate agarrándote de la cola del fuego y a los cuernos en que acaba la crin su atroz carrera; rómpete, pero en círculos; fórmate, pero en columnas combas; descríbete atmosférico, sér de humo, a paso redoblado de esqueleto.
¿La muerte? ¡Opónle todo su vestido! ¿La vida? ¡Opónle parte de tu muerte! Bestia dichosa, piensa; dios desgraciado, quítate la frente. Luego, hablaremos.