Nómina de huesos

Nómina de huesos

Se pedía a grandes voces: -Que muestre las dos manos a la vez. Y esto no fue posible. -Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos. Y esto no fue posible. -Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero permanece inútil. Y esto no fue posible. -Que haga una locura. Y esto no fue posible. -Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una muchedumbre de hombres como él. Y esto no fue posible. -Que le comparen consigo mismo. Y esto no fue posible. -Que le llamen, en fin, por su nombre. Y esto no fue posible.

Para el alma imposible de mi amada

Amada: no has querido plasmarte jamás como lo ha pensado mi divino amor. Quédate en la hostia, ciega e impalpable, como existe Dios.

Si he cantado mucho, he llorado más por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor! Quédate en el seso, y en el mito inmenso de mi corazón!

Es la fe, la fragua donde yo quemé el terroso hierro de tanta mujer; y en un yunque impío te quise pulir. Quédate en la eterna nebulosa, ahí, en la multicencia de un dulce no ser.

Y si no has querido plasmarte jamás en mi metafísica emoción de amor, deja que me azote, como un pecador.

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos…

Piensan los viejos asnos

Ahora vestiríame de músico por verle, chocaría con su alma, sobándole el destino con mi mano, le dejaría tranquilo, ya que es un alma a pausas, en fin, le dejaría posiblemente muerto sobre su cuerpo muerto.

Podría hoy dilatarse en este frío, podría toser; le vi bostezar, duplicándose en mi oído su aciago movimiento muscular. Tal me refiero a un hombre, a su placa positiva y, ¿por qué no? a su boldo ejecutante, aquel horrible filamento lujoso; a su bastón con puño de plata con perrito, y a los niños que él dijo eran sus fúnebres cuñados.

Por eso vestiríame hoy de músico, chocaría con su alma que quedóse mirando a mi materia…

¡Mas ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana; ya nunca, ya jamás, ya para qué!

¡Hay que ver! ¡qué cosa cosa! ¡qué jamás de jamases su jamás!

Pienso en tu sexo…

Pienso en tu sexo. Simplificado el corazón, pienso en tu sexo, ante el hijar maduro del día. Palpo el botón de dicha, está en sazón. Y muere un sentimiento antiguo degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico y armonioso que el vientre de la sombra, aunque la muerte concibe y pare de Dios mismo. Oh Conciencia, pienso, si, en el bruto libre que goza donde quiere, donde puede.

Oh escándalo de miel de los crepúsculos. Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

Poema

De todo esto yo soy el único que parte. De este banco me voy, de mis calzones, de mi gran situación, de mis acciones, de mi número hendido parte a parte, de todo esto yo soy el único que parte. De los Campos Elíseos o al dar vuelta la extraña callejuela de la Luna, mi defunción se va, parte mi cuna, y, rodeada de gente, sola, suelta, mi semejanza humana dase vuelta y despacha sus sombras una a una. Y me alejo de todo, porque todo se queda para hacer la coartada: mi zapato, su ojal, también su lodo y hasta el doblez del codo de mi propia camisa abotonada.

Poema para ser leído y cantado

Sé que hay una persona que me busca en su mano, día y noche, encontrándome, a cada minuto, en su calzado. ¿Ignora que la noche está enterrada con espuelas detrás de la cocina?

Sé que hay una persona compuesta de mis partes, a la que integro cuando va mi talle cabalgando en su exacta piedrecilla. ¿Ignora que a su cofre no volverá moneda que salió con su retrato?

Sé el día, pero el sol se me ha escapado; sé el acto universal que hizo en su cama con ajeno valor y esa agua tibia, cuya superficial frecuencia es una mina. ¿Tan pequeña es, acaso, esa persona, que hasta sus propios pies así la pisan?

Un gato es el lindero entre ella y yo, al lado mismo de su tasa de agua. La veo en las esquinas, se abre y cierra su veste, antes palmera interrogante… ¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?

Pero me busca y busca. ¡Es una historia!

1892

Romería

Pasamos juntos. El sueño lame nuestros pies qué dulce; y todo se desplaza en pálidas renunciaciones sin dulce.

Pasamos juntos. Las muertas almas, las que, cual nosotros, cruzaron por el amor, con enfermos pasos ópalos, salen en sus lutos rígidos y se ondulan en nosotros.

Amada, vamos al borde frágil de un montón de tierra. Va en aceite ungida el ala, y en pureza. Pero un golpe, al caer yo no sé dónde, afila de cada lágrima un diente hostil.

Y un soldado, un gran soldado, heridas por charreteras, se anima en la tarde heroica, y a sus pies muestra entre risas, como una gualdrapa horrenda, el cerebro de la Vida.

Pasamos juntos, muy juntos, invicta Luz, paso enfermo; pasamos juntos las lilas mostazas de un cementerio.

Setiembre

Aquella noche de setiembre, fuiste tan buena para mí… hasta dolerme! Yo no sé lo demás; y para eso, no debiste ser buena, no debiste.

Aquella noche sollozaste al verme hermético y tirano, enfermo y triste. Yo no sé lo demás… y para eso, yo no sé por qué fui triste… tan triste…!

Solo esa noche de setiembre dulce, tuve a tus ojos de Magdala, toda la distancia de Dios… y te fui dulce!

Y también fue una tarde de setiembre cuando sembré en tus brasas, desde un auto, los charcos de esta noche de diciembre.

Si te amara… qué sería?

¿ . . . . . . . . . . . .

-Si te amara… qué sería? -Una orgía! -Y si él te amara? Sería todo rituario, pero menos dulce.

Y si tú me quisieras? La sombra sufriría justos fracasos en tus niñas monjas.

Culebrean latigazos, cuando el can ama a su dueño? -No; pero la luz es nuestra. Estás enfermo… Vete… Tengo sueño!

( Bajo la alameda vesperal se quiebra un fragor de rosa ) . -Idos, pupilas, pronto… Ya retoña la selva en mi cristal!

Un hombre está mirando a una mujer…

Un hombre está mirando a una mujer, está mirándola inmediatamente, con su mal de tierra suntuosa y la mira a dos manos y la tumba a dos pechos y la mueve a dos hombres.

Pregúntome entonces, oprimiéndome la enorme, blanca, acérrima costilla: Y este hombre ¿no tuvo a un niño por creciente padre? ¿Y esta mujer, a un niño por constructor de su evidente sexo?

Puesto que un niño veo ahora, niño ciempiés, apasionado, enérgico; veo que no le ven sonarse entre los dos, colear, vestirse; puesto que los acepto, a ella en condición aumentativa, a él en la flexión del heno rubio.

Y exclamo entonces, sin cesar ni uno de vivir, sin volver ni uno a temblar en la justa que venero: ¡Felicidad seguida tardíamente del Padre, del Hijo y de la Madre! ¡Instante redondo, familiar, que ya nadie siente ni ama! ¡De qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares! ¡De qué tronco, el florido carpintero! ¡De qué perfecta axila, el frágil remo! ¡De qué casco, ambos cascos delanteros!

Verano

Verano, ya me voy. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Verano! Y pasarás por mis balcones con gran rosario de amatistas y oros, como un obispo triste que llegara de lejos a buscar y bendecir los rotos aros de unos muertos novios.

Verano, ya me voy. Allá, en setiembre tengo una rosa que te encargo mucho; la regarás de agua bendita todos los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo, con luz de fe su mármol aletea, levanta en alto tu responso, y pide a Dios que siga para siempre muerta. Todo ha de ser ya tarde; y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

Ya no llores, Verano! En aquel surco muere una rosa que renace mucho…

Y si después de tantas palabras…

¡Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra! ¡Si después de las alas de los pájaros, no sobrevive el pájaro parado! ¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte! ¡Levantarse del cielo hacia la tierra por sus propios desastres y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla! ¡Más valdría, francamente, que se lo coman todo y qué más da…!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos, no ya de eternidad, sino de esas cosas sencillas, como estar en la casa o ponerse a cavilar! ¡Y si luego encontramos, de buenas a primeras, que vivimos, a juzgar por la altura de los astros, por el peine y las manchas del pañuelo! ¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos en uno de los ojos mucha pena y también en el otro, mucha pena y en los dos, cuando miran, mucha pena… Entonces… ¡Claro!… Entonces… ¡ni palabra!

Yeso

Silencio. Aquí se ha hecho ya de noche, ya tras del cementerio se fue el sol; aquí se está llorando a mil pupilas: no vuelvas; ya murió mi corazón. Silencio. Aquí ya todo está vestido de dolor riguroso; y arde apenas, como un mal kerosene, esta pasión.

Primavera vendrá. Cantarás «Eva» desde un minuto horizontal, desde un hornillo en que arderán los nardos de Eros. ¡Forja allí tu perdón para el poeta, que ha de dolerme aún, como clavo que cierra un ataúd!

Mas… una noche de lirismo, tu buen seno, tu mar rojo se azotará con olas de quince años, al ver lejos, aviado con recuerdos mi corsario bajel, mi ingratitud.

Después, tu manzanar, tu labio dándose, y que se aja por mí por la vez última, y que muere sangriento de amar mucho, como un croquis pagano de Jesús.

Amada! Y cantarás; y ha de vibrar el femenino en mi alma, como en una enlutada catedral.