Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas de memoria, gravísimo cetáceo; oye a la túnica en que estás dormido, oye a tu desnudez, dueña del sueño.
Relátate agarrándote de la cola del fuego y a los cuernos en que acaba la crin su atroz carrera; rómpete, pero en círculos; fórmate, pero en columnas combas; descríbete atmosférico, sér de humo, a paso redoblado de esqueleto.
¿La muerte? ¡Opónle todo su vestido! ¿La vida? ¡Opónle parte de tu muerte! Bestia dichosa, piensa; dios desgraciado, quítate la frente. Luego, hablaremos.
Se pedía a grandes voces: -Que muestre las dos manos a la vez. Y esto no fue posible. -Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos. Y esto no fue posible. -Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero permanece inútil. Y esto no fue posible. -Que haga una locura. Y esto no fue posible. -Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una muchedumbre de hombres como él. Y esto no fue posible. -Que le comparen consigo mismo. Y esto no fue posible. -Que le llamen, en fin, por su nombre. Y esto no fue posible.