Miré al cielo. Dije un sueño espera ser soñado.
Venía de otro sueño. Compartido. Hermoso. Me asfixiaba. Era tan limpio el aire que un grito de dolor hubiese resplandecido. Miré al cielo. Cogí mis armas. Las de ellos eran otras, pero no había diferencia: de una verdad a otra, ¿cuánto dista? ¿Cuánta ignorancia las separa y cuánta las designa? Es la verdad el nombre que damos al impulso con que la vida quiere ser soñada.
Cogí mis armas. Atrás quedó el hogar. Abierto, el horizonte.
Fue hace mucho tiempo. Ahora…
ahora ya no son tiempos de espejismos. * * * * *
En los bordes del sueño abre los ojos. Sin abrirlos. Algo despierta, la conciencia de una continuidad. De otra continuidad.
Algo despierta y mira dentro (el dentro de la superficie, que no es un dentro sino un debajo, como el forro de un abrigo), buscando algo en lo que anclarse. Un tema, busca un tema. Para no acabar. Para
sobrevivir. ¿Sobrevivir? Decidme, ¿quién o qué sobrevive? –Volver al tema. En el tema el mí se reconoce porque alguna parte suya es afectada y se conmueve. Como cuando las lágrimas. Por la imagen. Más que nada, a la mente le gustan las imágenes. Con ellas, teje. Y el tejido hace mundo o lo refuerza, lo hace consistente.
En la orilla del sueño algo, un aliento que vibra, insiste en las mismas pautas. Y se hace sólido. Y dice yo. Y el mí adviene, de nuevo, creyéndose, creyéndome ahora en lo que digo. Para no perderme. No aún. No tanto. No tan aún tantas veces. Para no deshacerme. Para sobrevivir pero. Porque no está claro. Por el peso. El mí contiene demasiadas lágrimas. Aunque. El lastre fuerza a abandonar el texto y condensarse en los márgenes. Y es bueno –¿bueno?–, es adecuado. En fin, no es, de ninguna manera. Sólo hay lastre. Y hay Aún. Hay demasiado Aún para perderse del todo. * * * * *
El cansancio. La sed. El pánico. Dentro. Fuera no se mueve. Dentro, pánico. Humedad que traspasa la casa-huesos. Entonces voy donde hay muchos. Como si algo fuese cierto. Como si algo cambiase y por eso fuese cierto. Entre todos. Entre muchos. Cierto porque se mueve. Como si hubiese meta. Si no se alcanza no importa. Mejor no alcanzar. Como si. Para que sea cierto -¿cierto?-
La hora estimada. La hora de llegada estimada. Como si algo ocurriese. Por el movimiento. Por el nombre que cambia. El del lugar. El de los ojos, no. Los ojos siguen fijos en el rostro. El rostro que no veo. Siguen mirando fuera. Yo nunca veo la mirada de mis ojos mirando fuera.
El movimiento atrapando la atención. Reteniéndola. Guiándola. Llaman historia a ese movimiento que retiene la atención. Cuando no hay movimiento fuera, la historia ocurre dentro. Pueden haber muchas historias a partir de un solo movimiento. Entre todas forman una situación. La situación es un nudo, a veces una madeja, pero siempre es un nudo. Algunos nudos retienen el pánico.
Se produce en el silencio, antes del movimiento, y también después. El pánico es un furor detenido. En un principio fue el pánico. Tuvo que serlo. Luego, el furor fue las formas, ésas que el movimiento produce en razón de sus detenciones, de sus sacudidas.
Cuando el espacio entre las sacudidas se prolonga, decimos que alguien ha muerto. Entonces vuelve el pánico o, mejor dicho, se abre. Se abre el pánico y el furor se detiene.
Suele ocurrir también que alguien, en el movimiento aún sostenido, caiga en la abertura del pánico. Es por efecto del vértigo que arrastra como un esfínter los bordes de la abertura. Su tiempo, entonces, queda detenido. En el pánico.
Por eso hago como si algo ocurriese. Ocurre al menos la historia como si algo ocurriese. Un movimiento, una vez más. Tal vez sirva. Para que haya historia y me la crea. Lo justo para poder caer más adelante. * * * * *
Mirar al cielo. Luego, a la tierra. Decir hay un sueño que espera ser soñado. Un sueño espera ser soñado.
La boca seca. No hay saliva. Alzar los ojos, donde los gavilanes y los misiles. No, los ojos a ras de suelo, donde la hierba, entre la herrumbre, donde la hierba arde verde y poderosa.
He perdido las armas. He tirado el escudo. De entre todas las verdades elijo una sola: la caricia del sol en el tronco de mi alma calcinada. * * * * *
En los bordes del sueño abre los ojos. Sin abrirlos. Algo despierta, la conciencia de una continuidad. De otra continuidad. Y, entonces, el milagro: la hierba. Bajo los pies, creciendo. ¡La hierba!