La otra orilla

La otra orilla

Algún día, cuando el aire pese como tierra sedienta sobre los cuerpos desnudos, tal vez alcance a ser la voz de aquel peregrino que enmudeció o el agua que, gota a gota, resbala por su pecho. Él nunca estuvo en la otra orilla pues sabe que allí los dioses duermen en el polvo. Y sabe que cuando un hombre por azar se duerme en la otra orilla -ese lugar que siempre ocupó la mirada- ellos se despiertan y se contemplan en él. Si ese hombre, entonces, se despierta, se convierte en espejo y estalla con el sol.

De “La otra orilla” 1990