Todos tienen algún objeto precioso que ofrecer: un cuenco de agua negra en que mirarse, la piel recién curtida de un leopardo, un hijo o un potro amado por los vientos. Pero yo nada tengo: cuando quiero mostrar tu reflejo en mis manos te pierdo, y otra noche infinita comienza, pues al perderte ni siquiera yo me pertenezco.
De “Hainuwele” 1990