¿Y dónde está escondido tu tesoro, Hainuwele?

¿Y dónde está escondido tu tesoro, Hainuwele?

«¿Y donde está escondido tu tesoro, Hainuwele?» me pregunta, burlona, la más anciana del poblado. Se refiere, lo sé, a lo que siempre buscan los hombres cuando vuelven del combate. Mi tesoro, contesto, es suave como el musgo, dulce como leche de almendras, tiene el frescor de los helechos y sangra sin dolor hasta teñir de púrpura el crepúsculo o para alimentar los cachorros de un tigre.

Mi tesoro no está escondido: resplandece en el bosque como el oro, mas sólo un hombre ciego pudo hallar el camino que a él conduce. De “Hainuwele” 1990

De “Matar a Platón” 2004:

Un hombre es aplastado…

Un hombre es aplastado. En este instante. Ahora. Un hombre es aplastado. Hay carne reventada, hay vísceras, líquidos que rezuman del camión y del cuerpo, máquinas que combinan sus esencias sobre el asfalto: extraña conjunción de metal y tejido, lo duro con su opuesto formando ideograma. El hombre se ha quebrado por la cintura y hace como una reverencia después de la función. Nadie asistió al inicio del drama y no interesa: lo que importa es ahora, este instante y la pared pintada de cal que se desconcha sembrando de confetis el escenario.

Tuerzo la esquina. Apresuro el paso. Se hace tarde y aún no he almorzado.

De “Matar a Platón” 2004


¿Y qué hay del sentimiento…

¿Y qué hay del sentimiento? No, no lo hay, aquí no hay sentimiento. ¿Debería haberlo? ¿Es poesía el verso que describe fríamente aquello que acontece? Pero ¿qué es lo que acontece ?

De “Matar a Platón” 2004


Una mujer temblorosa aprieta…

Una mujer temblorosa aprieta el brazo de su acompañante. Él vuelve hacia ella un rostro tan largo como un número de serie y dice: “El sesenta por ciento de los muertos por accidente en carretera son peatones”. La mujer deja de temblar: todo está controlado. A punto estuvo de creer que algo anormal ocurría, algo a lo cual debía responder con un grito, un espasmo, un ligero anticipo de la carne ante la gran salida, pero no: aquello es conocido y ya no la involucra; le pertenece a otros. Y él añade: “Han llamado a una ambulancia”, y ella se relaja, su angustia la abandona: el orden nos exime de ser libres, de despertar en otro, de despertar por otro. A punto estuvo de gritar, desde esa carne ajena, pero el orden contuvo a tiempo ese delirio.

De “Matar a Platón” 2004


Y ahora…

Y ahora, cuando estamos a punto de acabar, tal vez usted pueda decirme por qué se queda a oscuras la ciudad cuando el sol cae oblicuo como una lanza, y es verano.

De “Matar a Platón” 2004


Mejor no diga nada…

Mejor no diga nada. Sería inútil. Ya ha pasado. Fue una chispa, un instante. Aconteció. Yo acontecí en ese instante. Puede que usted también lo hiciera. Suele ocurrir con los poemas: terminan condensándose las formas en nuestros ojos como el vaho sobre un cristal helado; las formas, con su herida. Pues quien construye el texto elige el tono, el escenario, dispone perspectivas, inventa personajes, propone sus encuentros, les dicta los impulsos, pero la herida no, la herida nos precede, no inventamos la herida, venimos a ella y la reconocemos.

De “Matar a Platón” 2004


Se hizo de noche al mediodía…

Se hizo de noche al mediodía. No pude respirar. Tanto metal entre la carne, aquel sabor a cieno y sobre todo el corazón oblicuo, sí, eso es, el corazón oblicuo. Como las tejas de un tejado, resbalando. El viento arriba (había viento, sí, un viento suave).

Pero ya terminó. Una sombra no hace la noche entera. Volvamos cada uno a lo que nos distingue: esa historia concreta, personal que nos mantiene a salvo -mientras tanto.

Una sombra no hace la noche entera -¿o sí la hace?

De “Matar a Platón” 2004


Yo no soy inocente…

Yo no soy inocente. ¿Lo es usted? La realidad está aquí, desplegada. Lo real acontece en lo abierto. Infinito. Incomparable. Pero el ansia de repetirnos instaura las verdades. Toda verdad repite lo inefable, toda idea desmiente lo-que-ocurre. Pero las construimos por miedo a contemplar la enorme trama de aquello que acontece en cada instante: todo lo que acontece se desborda y no estamos seguros del refugio.

Bien pensado, es posible que Platón no sea responsable de la historia: delegamos con gusto, por miedo o por pereza, lo que más nos importa.

De “Matar a Platón” 2004