Y si te quiero abierto como el centro imposible de un mundo transparente, si te quiero imposible, más allá de mis brazos o la aurora que extiende un sueño en las tinieblas, más abierto que el viento, más leve y más amante, será porque mañana nos quisiera infinitos, unidos como nieve a punto de ser agua.
Y es por eso que dejo resonar la memoria, todas esas palabras de hilo que se enredan en tu boca o la mía. De “Semillas para un cuerpo” 1988
«¿Y donde está escondido tu tesoro, Hainuwele?» me pregunta, burlona, la más anciana del poblado. Se refiere, lo sé, a lo que siempre buscan los hombres cuando vuelven del combate. Mi tesoro, contesto, es suave como el musgo, dulce como leche de almendras, tiene el frescor de los helechos y sangra sin dolor hasta teñir de púrpura el crepúsculo o para alimentar los cachorros de un tigre.
Mi tesoro no está escondido: resplandece en el bosque como el oro, mas sólo un hombre ciego pudo hallar el camino que a él conduce.
De “Hainuwele” 1990