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Colores muestra, Cae como lluvia De lentas lágrimas.

Así tu alma, incendiada Por la cruda luz del goce, Se lanza atrevida y rápida Rumbo a cielos encantados. Moribunda, se transforma En una triste ola lánguida Que, por invisible rampa, Se abisma en mi corazón

El amplio chorro En flores mil, Donde Febea Colores muestra, Cae como lluvia De lentas lágrimas.

¡Oh embellecida por la noche, Resulta dulce, sobre el seno, Escuchar el gemido eterno Que en el estanque solloza! Agua, sonora, luna, noche, Estremecidos árboles en torno, Vuestra pura melancolía Es el espejo de mi amor.

El amplio chorro En flores mil, Donde Febea Colores muestra, Cae como lluvia De lentas lágrimas. ¹Febea: una de las advocaciones por las que se conocía a Diana, diosa lunar.

* * * * *

Esta noche la luna sueña con más pereza, Cual si fuera una bella hundida entre cojines Que acaricia con mano discreta y ligerísima, Antes de adormecerse, el contorno del seno.

Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes, Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis, Y pasea su mirada sobre visiones blancas, Que ascienden al azul igual que floraciones.

Cuando sobre este globo, con languidez ociosa, Ella deja rodar una furtiva lágrima, Un piadoso poeta, enemigo del sueño,

De su mano en el hueco, coge la fría gota como un fragmento de ópalo de irisados reflejos. Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz.

* * * * *

_En las noches de invierno es amargo y es dulce Escuchar, junto al fuego que palpita y humea, Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos Al son de carillones que suenan en la bruma.

¡Feliz campana aquella de enérgica garganta Que, pese a su vejez, conservada y alerta, Con fidelidad lanza su grito religioso Como un viejo soldado que vigila en su tienda!

Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos, Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna, Con frecuencia sucede que su cansada voz

Semeja al estertor de un herido olvidado Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos, Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos._

Deseo, para escribir castamente mis églogas, Dormir cerca del cielo, cual suelen los astrólogos, Y escuchar entre sueños, vecino a las campanas, Sus cánticos solemnes que propalan los vientos. El mentón en las manos, tranquilo en mi buhardilla, Observaré el taller que parlotea y canta; Las chimeneas, las torres, esos urbanos mástiles, Y los cielos que invitan a soñar con lo eterno.

Es dulce ver surgir a través de las brumas La estrella en el azul, la luz en la ventana, Alzarse al firmamento los ríos del carbón Y derramar la luna sus desvaído hechizo. Veré las primaveras, los estíos, los otoños, Y al llegar el invierno de monótonas nieves, Cerraré a cal y canto postigos y mamparas, Para alzar en la noche mis feéricos palacios. Y entonces soñaré con zarcos horizontes, Jardines, surtidores quejándose en el mármol, Con besos y con pájaros que cantan noche y día, Lo que el Idilio alberga de puro y de infantil. El Motín, golpeando sin éxito en los vidrios, No hará que del pupitre se levante mi frente, Pues estaré gozando la voluptuosidad, De que la Primavera a mi capricho irrumpa, De hacer que se alce un sol en mi pecho, y crear Una atmósfera tierna de mis ideas quemantes.


Por la vieja barriada, donde, de las casuchas Las persianas ocultan las lujurias secretas Cuando el astro cruel furiosamente hiere La ciudad y los campos, los techos y sembrados, Quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica Husmeando en los rincones azares de la rima, Tropezando en las sílabas, como en el empedrado, Acaso hallando versos que hace tiempo soñé.

Ese padre nutricio, que huye de las clorosis, En los campos despierta los versos y las rosas; Logra que se evaporen hacia el éter las penas Saturando de miel cerebros y colmenas. Es el quien borra años al que lleva muletas Y le torna festivo como las bellas mozas, Y a las mieses ordena madurar y crecer En la inmortal entraña que desea florecer.

Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades, Ennoblece la suerte de las cosas mas viles, Y penetra cual rey, sin séquito ni pompa, Tanto en las casas regias como en los hospitales.


Sé sabia, Pena mía, y permanece en calma. Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí: Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.

Mientras que la gran masa de los viles mortales, Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido, Cosecha sinsabores en la fiesta servil, Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí

Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;

Descansa bajo un arco el moribundo sol Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente, Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.


La calle atronadora aullaba en torno mío. Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina Una dama pasó, que con gesto fastuoso Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas. De súbito bebí, con crispación de loco. Y en su mirada lívida, centro de mil tomados, El placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer. ¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca! Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta, ¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!


Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente, Paseando el hastío de tu mirar profundo, Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento Mientras suena la música que se pierde en los techos.

Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola, Tu frente aureolada de un mórbido atractivo Donde las luces últimas del sol traen a la aurora, Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,

Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña! El taraceado recuerdo, pesada y regia torre, La corona, y su corazón, prensado como fruta, Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.

¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores? ¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas? ¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos, Almohadón acariciante o canastilla de flores?

Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía Que no guardan escondido ningún precioso secreto, Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.

Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia, Alegrando al corazón que huye de la verdad? ¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia? Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.


Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad, Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila, La Pomona de estuco y la antigua Afrodita Velando su pudor tras una rala fronda, Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos, Parecía, gran pupila en el cielo curioso, Contemplar nuestras largas y solitarias cenas, Derramando sus bellos reflejos alongados En el estor de sarga y en el frugal mantel.


A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba, Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores. Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares Y cuando lanza Octubre su viento melancólico Que despoja a los árboles en torno de las tumbas, A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos Por dormir tibiamente bajo sus cobertores, Mientras que, devorados por negras pesadillas, Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho, Esqueletos helados que trabajó el gusano, Ellos sufren las nieves goteantes del invierno, Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos, Reemplacen los jirones que penden de sus verjas. Cuando silba y crepita el leño, si una noche, Tranquila, en el sillón la viera reclinarse, Si en una noche azul y helada de Diciembre La encontrara encogida en un rincón del cuarto, Grave y recién llegada de su lecho perenne, Ciñendo al niño grande con maternal mirada, A aquella alma piadosa ¿qué le respondería Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados?


a Constantin Guys

I De aquel terrible paisaje Como nunca vio mortal, Esta mañana, aún la imagen Vaga y lejana perdura.

¡Lleno está el sueño de magia! Por un singular capricho Desterré de ese espectáculo Al barroco vegetal,

Y, pintor fiel de mi sueño, En el cuadro saboreé La monotonía embriagante De agua, mármol y metal.

Babel de arcos y escaleras, Era un palacio infinito lleno de fuentes y aljibes En oro bruñido o mate;

Y rumorosas cascadas, Como cortinas de vidrio, Se suspendían destellantes Sobre murallas metálicas.

No árboles, sino columnas, Ceñían estanques dormidos, Donde gigantescas náyades Como damas se miraban.

Capas de agua se extendían, Por muelles rosas y verdes, Durante miles de leguas, Hacia el fin del universo;

Había piedras inauditas Y olas mágicas; había Inmensos hielos absortos Por lo que ellos reflejaban.

Taciturnos y distantes, Ganges en el firmamento, Arrojaban sus tesoros En diamantinos abismos.

Arquitecto de mis magias Hacía, a mi voluntad, Bajo un enjoyado túnel Pasar un manso océano;

Y hasta los negros colores Parecían claros y limpios; Fundía su gloria el líquido En el rayo cristalino.

No había vestigio de astros, ¡Ni siquiera el sol poniente, Para alumbrar los prodigios Que con su fuego brillaban!

Y sobre esas maravillas Planeaba (¡atroz novedad! Presente el ojo, no el oído) Un infinito silencio.

II Al abrir mis ardientes ojos, Miré el horror de mi cuarto Y sentí, de nuevo en mi alma, De la inquietud el aguijón;

El fúnebre son del péndulo, Me recordó el mediodía; Caía la oscuridad Sobre el embotado mundo.


La diana resonaba en todos los cuarteles Y apagaba las lámparas el viento matutino.

Era la hora en que enjambres de maléficos sueños Ahogan en sus almohadas a los adolescentes; Cuando tal palpitante y sangrienta pupila, La lámpara en el día traza una mancha roja Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado, Imita los combates del día y de la lámpara. Como lloroso rostro que enjugase la brisa, Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas Y se cansan los hombres de escribir y de amar.

Empiezan a humear acá y allá las casas, Las hembras del placer, con el párpado lívido, Reposan boquiabiertas con derrengado sueño; Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos, Soplan en los tizones y soplan en sus dedos. Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío, Las parturientas sienten aumentar sus dolores; Como un roto sollozo por la sangre que brota El canto de los gallos desgarra el aire oscuro; Baña los edificios un océano de niebla, y los agonizantes, dentro, en los hospitales, Lanzan su último aliento entre hipos desiguales. Los libertinos vuelven, rotos por su labor.

La friolenta aurora en traje verde y rosa Avanzaba despacio sobre el Sena desierto Y el sombrío Paris, frotándose los ojos, Empuñaba sus útiles, viejo trabajador.

_Cantó una noche el alma del vino en las botellas: «¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado, Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos, Un cántico fraterno y colmado de luz!»

Sé cómo es necesario, en la ardiente colina, Penar y sudar bajo un sol abrasador, Para engendrar mi vida y para darme el alma; Mas no seré contigo ingrato o criminal.

Disfruto de un placer inmenso cuando caigo En la boca del hombre al que agota el trabajo, y su cálido pecho es dulce sepultura Que me complace más que mis frescas bodegas.

¿Escuchas resonar los cantos del domingo y gorjear la esperanza de mi jadeante seno? De codos en la mesa y con desnudos brazos Cantarás mis loores y feliz te hallarás;

Encenderé los ojos de tu mujer dichosa; Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores, Siendo para ese frágil atleta de la vida, El aceite que pule del luchador los músculos.

Y he de caer en ti, vegetal ambrosía, Raro grano que arroja el sembrador eterno, Porque de nuestro amor nazca la poesía Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»_

* * * * *

_La singular mirada de una mujer galante Que llega hasta nosotros como la blanca luz Que enviara la luna al lago tembloroso Cuando quiere bañar su indolente belleza;

Los últimos escudos que tiene un jugador; Un beso lujurioso de la flaca Adelina; Los ecos de una música cálida y enervante Como el grito lejano del humano sufrir,

No vale todo ello, oh botella profunda, El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre Ofrece al corazón del poeta abrumado;

Tú le dispensas vida, juventud y esperanza -Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes._

* * * * *

¡Hoy el espacio es fabuloso! Sin freno, espuelas o brida, Partamos a lomos del vino ¡A un cielo divino y mágico!

Cual dos torturados ángeles Por calentura implacable, En el cristal matutino Sigamos el espejismo.

Meciéndonos sobre el ala De la inteligente tromba En un delirio común,

Hermana, que nadas próxima, Huiremos sin descanso Al paraíso de mis sueños.

A mi lado sin tregua el Demonio se agita; En torno de mi flota como un aire impalpable; Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones De un deseo llenándolos culpable e infinito.

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte, De la más seductora mujer las apariencias, y acudiendo a especiosos pretextos de adulón Mis labios acostumbra a filtros depravados.

Lejos de la mirada de Dios así me lleva, Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro De las hondas y solas planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos, Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas, ¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!


No dejes morir tus llamas; Caldea mi sordo corazón, ¡Voluptuosidad, cruel tormento! Diva! supplicem exaudî!

Diosa en el aire difundida, Llama de nuestro subterráneo, Escucha a un alma consumida Que alza hacia ti su férreo canto,

¡Voluptuosidad, sé mi reina! Toma máscara de sirena Hecha de carne y de brocado,

O viérteme tus hondos sueños En el licor informe y místico, ¡Voluptuosidad, fantasma elástico!


Como bestias inmóviles tumbadas en la arena, Vuelven sus ojos hacia el marino horizonte, Y sus pies que se buscan y sus manos unidas, Tienen desmayos dulces y temblores amargos.

Las unas, corazones que aman las confidencias En el fondo del bosque donde el arroyo canta, Deletrean el amor de su pubertad tímida Y marcan en el tronco a los árboles tiernos;

Las otras, como hermanas, andan graves y lentas, A través de las peñas llenas de apariciones, Donde vio san Antonio surgir como la lava Aquellas tentaciones con los senos desnudos;

Y las hay, que a la luz de goteantes resinas, En el hueco ya mudo de los antros paganos, Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre. ¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes!

Y otras, cuyas gargantas lucen escapularios, Que, un látigo ocultando bajo sus largas ropas, Mezclan en las umbrías y solitarias noches, La espuma del placer al llanto del suplicio.

Oh vírgenes, oh monstruos, oh demonios, oh mártires, De toda realidad desdeñosos espíritus, Ansiosas de infinito, devotas, satiresas, Ya crispadas de gritos, ya deshechas en llanto.

Vosotras, a quien mi alma persiguió en tal infierno, ¡Hermanas mías!, os amo y os tengo compasión, Por vuestras penas sordas, vuestra insaciable sed y las urnas de amor que vuestro pecho encierra.


Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas, Pródigas de sus besos y ricas en salud Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren, Bajo la eterna siembra jamás fructificó.

Al poeta siniestro, tara de las familias, Valido del infierno, cortesano sin paga, Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel, Un lecho que jamás la inquietud frecuentó

Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias, Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas, Placeres espantosos y dulzuras horrendas.

Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás? ¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante, A injertar tus cipreses en sus mirtos infectos?


Es una mujer bella y de espléndido porte, Que en el vino arrastrar deja su cabellera. Las garras del amor, los venenos del antro, Resbalan sin calar en su piel de granito. Se chancea de la muerte y del Libertinaje: Los monstruos, cuya mano desgarradora y áspera, Ha respetado siempre, en sus juegos fatales, La ruda majestad de ese cuerpo arrogante. Camina como diosa, posa como sultana; Una fe mahometana deposita en el goce y con abiertos brazos que los senos resaltan, Con la mirada invita a la raza mortal. Cree o, mejor aún, sabe, esta infecunda virgen, Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo, Que la hermosura física es un sublime don Que de toda ignominia sabe obtener clemencia. Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora, Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche, Contemplará de frente el rostro de la Muerte, Como un recién nacido -sin odio ni pesar.


En cenicientas tierras, sin verdor, calcinadas, Como yo me quejase a la Naturaleza, Y el puñal de mi mente, caminando al azar, Fuese afilando lento sobre mi corazón, Una gran nube oscura, de un temporal surgida, Que albergaba una tropa de viciosos demonios, Semejantes a enanos furiosos y crueles. Se volvieron entonces fríamente a mirarme, Y, como viandantes que se asombran de un loco, Los escuché entre sí reír y cuchichear Intercambiando señas y guiños expresivos:

-«Contemplemos a gusto a esta caricatura, A esta sombra de Hamlet que su postura imita, Los cabellos al viento, la indecisa mirada. ¿No es en verdad penoso ver a tal vividor, A este pillo, a este vago, a este histrión perezoso, Que, porque representa con arte su papel, Pretende interesar, cantando sus pesares, Al águila y al grillo, al arroyo y las flores, E inclusive a nosotros, autores de esas rúbricas, A voces nos recita sus públicas tiradas?»

Hubiera yo podido (alto como los montes Es mi orgullo y domina a diablos y nublados) Apartar simplemente mi soberana testa, Si no hubiera atisbado entre la sucia tropa, ¡Y este crimen no hizo tambalearse al sol! A la reina de mi alma de mirada sin par, Que con ellos reía de mi sombría aflicción, Haciéndoles, de paso, una obscena caricia.


La mujer, entre tanto, de su boca de fresa Retorciéndose como una sierpe entre brasas Y amasando sus senos sobre el duro corsé, Decía estas palabras impregnadas de almizcle: «Son húmedos mis labios y la ciencia conozco De perder en el fondo de un lecho la conciencia, Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales. Y hago reír a los viejos con infantiles risas. Para quien me contempla desvelada y desnuda Reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas. Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites, Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos O cuando a los mordiscos abandono mi busto, Tímida y libertina y frágil y robusta, Que en esos cobertores que de emoción se rinden, Impotentes los ángeles se perdieran por mí.»

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula y muy lánguidamente me volvía hacia ella A fin de devolverle un beso, sólo vi Rebosante de pus, un odre pegajoso. Yo cerré los dos ojos con helado terror y cuando quise abrirlos a aquella claridad, A mi lado, en lugar del fuerte maniquí Que parecía haber hecho provisión de mi sangre, En confusión chocaban pedazos de esqueleto De los cuales se alzaban chirridos de veleta O de cartel, al cabo de un vástago de hierro, Que balancea el viento en las noches de invierno.


Viñeta antigua

Se sienta el Amor en el cráneo De la Humanidad, Y sobre tal solio el profano, Con risa procaz,

Sopla alegremente redondas burbujas, Que en el aire suben, Como para juntarse a los mundos Al fondo del Éter.

El globo luminoso y frágil En un amplio vuelo, Revienta y escupe su alma pequeña Como un áureo sueño.

Y oigo al cráneo, a cada burbuja, Rogar y gemir: -«Este fuego feroz y ridículo, ¿Cuándo acabará?

Pues lo que tu boca cruel Esparce en el aire, Monstruo asesino, es mi cerebro, ¡Mi sangre y mi carne!»

Poseeremos lechos colmados de aromas Y, como sepulcros, divanes hondísimos E insólitas flores sobre las consolas Que estallaron, nuestras, en cielos más cálidos.

Avivando al límite postreros ardores Serán dos antorchas ambos corazones Que, indistintas luces, se reflejarán En nuestras dos almas, un día gemelas.

Y, en fin, una tarde rosa y azul místico, Intercambiaremos un solo relámpago Igual a un sollozo grávido de adioses.

Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso, Los turbios espejos y las muertas llamas.


¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir Y besarte la frente, triste caricatura? Para dar en el blanco, de mística virtud, Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar?

En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos, Y más de un bastidor hemos de destruir, Antes de contemplar la acabada Criatura Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos.

Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo, Escultores malditos que el oprobio marcó, Que se golpean con saña en el pecho y la frente,

Sin más que una esperanza, !Capitolio sombrío! Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado, Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente.


Bajo una pálida luz Corre, danza y se retuerce La Vida, impura y gritona. Tan pronto como a los cielos

La gozosa noche asciende Y todo, hasta el hambre calma, Ocultando la vergüenza Se dice el Poeta: «¡Al fin!

Mis vértebras, como mi alma, Codician dulce reposo; De fúnebres sueños lleno

La espalda reclinaré Y rodaré entre tus velos, ¡Oh refrescante tiniebla!»


a F. N.

Conoces, tal mi caso, ese dolor sabroso, Y de ti haces que digan: «¡Qué ser tan singular!» -Iba a morir. Y había en mi alma amorosa, Deseo mezclado a horror, un raro sufrimiento;

Angustia y esperanza, sin humor encontrado. Mientras más se vaciaba la arena ineluctable, Más deliciosa y áspera resultó mi tortura; Se desgajaba mi alma del mundo familiar.

Y era como ese niño, ávido de espectáculos, Que odia el telón igual que se odia una barrera. Hasta que, al fin, la fría verdad se desveló:

Sin sentirlo, había muerto, y la terrible aurora Me circundaba. -¡Cómo! ¿No es más que esto, al fin? El telón se había alzado y yo aguardaba aún.


Lector apacible y bucólico, Ingenuo y sobrio hombre de bien, Tira este libro saturniano, Melancólico y orgiástico.

Si no cursaste tu retórica Con Satán, el decano astuto, ¡Tíralo! nada entenderás O me juzgarás histérico.

Mas si de hechizos a salvo, Tu mirar tienta el abismo, Léeme y sabrás amarme;

Alma curiosa que padeces Y en pos vas de tu paraíso, ¡Compadéceme!… ¡O te maldigo!


Para la segunda ecición de “Las flores del mal”

Tranquilo como un sabio, manso como un maldito, dije: Te amo, oh mi beldad, oh encantadora mía… Cuántas veces… Tus orgías sin sed, tus amores sin alma, Tu gusto de infinito Que en todo, hasta en el mal, se proclama,

Tus bombas, tus puñales, tus victorias, tus fiestas, Tus barrios melancólicos, Tus suntuosos hoteles, Tus jardines colmados de intrigas y suspiros, Tus templos vomitando musicales plegarias, Tus pueriles rabietas, tus juegos de vieja loca, Tus desalientos;

Tus fuegos de artificio, erupciones de gozo, Que hacen reír al cielo, tenebroso y callado.

Tu venerable vicio, que en la seda se ostenta, Y tu virtud risible, de mirada infeliz Y dulce, extasiándose en el lujo que muestra…

Tus principios salvados, tus vulnerables leyes, Tus altos monumentos donde la bruma pende, Tus torres de metal que el sol hace brillar, Tus reinas de teatro de encantadoras voces, Tus toques de rebato, tu cañón que ensordece, Tus empedrados mágicos que alzan las fortalezas,

Tus parvos oradores de barrocas maneras, Predicando el amor, y tus alcantarillas, pletóricas de sangre, En el Infierno hundiéndose como los Orinocos. Tus bufones, tus ángeles, nuevos en su oropel. Ángeles revestidos de oro, jacinto y púrpura, Sed testigos, vosotros, que cumplí mi deber Como un perfecto químico, como un alma devota.

Porque de cada cosa la quintaesencia extraje, Tú me diste tu barro y en oro lo troqué.

Los fragmentos siguientes, fueron publicados por primera vez por Yves-Gerard le Dantec, en «Le Figaro» del 28-2- 31, a partir de una copia defectuosa obtenida por Féli Gautier. En 1934, tomando como base el manuscrito original, se insertaron de nuevo en un «Cahier Jacques-Doucet». Tal manuscrito se encuentra, en efecto, en los fondos Doucet de la Bibliothèque Sainte-Genevieve, encartado en un ejemplar del tomo I de «Obras Completas», que perteneció a Nadar. Y.-G.le Dantec, señaló que cuatro títulos de entre los comprendidos estas «Migajas» ( término escogido por el propio Baudelaire ), se hallan en una lista tachada de poemas, destinados a la segunda edición de «Las flores del mal», la cual figuraba al dorso del manuscrito del poema «Sisina» : El Heautontimoroumenos -Dorotea -Spleen -Siete -¡Trinquemos, Satán! -Ni remordimientos, ni recuerdos -El mantenedor -La mujer salvaje -Condenación -El glotón -Orgullo -La cabellera (realizado) -El albatros (realizado) -Una pieza con versos recurrentes o estribillo cambiado.


Ángeles de oro vestidos, de púrpura y de jacinto. El genio y el amor son fáciles deberes.

Amasé sólo barro y de él extraje oro

Llevaba en la mirada el brío del corazón. En París, su desierto, viviendo a la intemperie, Fuerte como una bestia y libre como un Dios.


Rumiando, yo me burlo de la gente famélica.

Como un obús reventaría, Si no absorbiese como un chancro,

Su mirada no era tímida ni indolente, Exhalaba, más bien, alguna ávida cosa, Y, como su nariz, expresaba la fiebre De artista ante la obra surgida de sus dedos. Tu juventud estará más llena de tormentas Que este estío de pupilas llenas de resplandor, Que sobre nuestras frentes se retuerce abrasado,

Y, exhalando en la noche sus febriles alientos, Logra que de sus cuerpos se prenden las doncellas, Y enfrente del espejo, ¡oh estériles deleites! Admiren la sazón de su virginidad, Más veo en esos ojos, cargados de tormentas, Que no está hecha tu alma para las dulces fiestas, Y que belleza tal, sombría como el hierro, Es de aquellas que forjan y pulen los Infiernos, Para un día oficiar espantosas lujurias Y contristar el alma de humildes criaturas. Con su peso aplastando un enorme almohadón Un cuerpo allí lucía con un sopor muy dulce, Y su sueño, adornado de una feliz sonrisa … … … … … … … … … … … … … … … … … … … El surco de su espalda que estremecía el deseo.

El aire estaba ungido de furor amoroso; Los insectos volaban a la lámpara, el viento Permanecía inmóvil en torno a las cortinas. Era una noche cálida, un baño juvenil.

Gran ángel, que llevais sobre la fiera faz Lo sombrío del Infierno, desde donde ascendisteis; Domador dulce y fiero que me habéis enjaulado, Para recreación de vuestra crueldad,

Pesadilla nocturna, sirena sin corsé, Que me arrastrais, maligna, siempre de pie a mi lado, Por mi sayal de santo o mi barba de sabio, Para darme el veneno de un descarado amor… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …


El banco inextricable y duro, El arduo pasadizo, el voraz maëlstrom , Menos arena arrastran y menos broza impura

Que nuestros corazones, donde se mira el cielo; Son como promontorios en el aire sereno, Donde el faro destella, centinela benéfico, Pero abajo minados por corrosivas lapas;

Podríamos compararlos todavía al albergue, Del hambriento esperanza, donde golpean de noche, Jurando, heridos, rotos, solicitando asilo, Prelados y estudiantes, rameras y soldados.

Nunca regresaran a las sucias alcobas; Guerra, ciencia y amor, nada nos necesita. El atrio estaba helado, infectos vino y lecho; ¡Hay que servir de hinojos a visitantes tales!

maëlostrom: remolino y sima marítima que intermitentemente se forman en las costas de Noruega

_En su celda, el poeta, harapiento y enfermo, Teniendo un manuscrito bajo su pie convulso, Contempla con mirada inundada de pánico La escalera de vértigo donde su alma se abisma.

Las risas enervantes que pueblan la prisión, Arrastran su razón a lo absurdo y lo extraño; La Duda lo rodea y el ridículo Miedo, Odioso y multiforme, circula en torno de él.

Este genio encerrado en un antro malsano, Esas muecas y gritos, espectros cuyo enjambre Amotinado gira detrás de sus oídos,

El soñador a quien el horror despertara, Tal es tu emblema, Alma de tenebrosos sueños, Que ahoga la Realidad entre sus cuatro muros.


De la Diosa empuñasteis la espesa cabellera, Con vigor tal, que todos os hubieran tomado, Al ver ese aire altivo y ese hermoso abandono Por un joven rufián que golpease a su amante.

La mirada incendiada por un fuego precoz, Vuestro orgullo de artífice sin pudor exhibisteis, En esas construcciones, cuya audacia correcta, Anticipa los frutos de vuestra madurez.

Poeta, nuestra sangre por cada poro escapa. ¿Tal vez por un azar, la veste del Centauro, Que cada vena en fúnebre arroyo transformó,

Fue tres veces teñida en las sutiles lavas, De aquellos monstruosos reptiles vengativos, Que Hércules en su cuna un día estrangulara?


Qué hermoso el sol parece cuando fresco se eleva, Dando los buenos días como en una explosión -Feliz aquel que puede, por el amor transido, Saludar al poniente, más glorioso que un sueño.

¡Lo recuerdo!… Yo he visto todo, flor, surco, fuente, Caer bajo su mirada como un corazón vivo… -Pronto, pronto, ya es tarde, vamos al horizonte Para atrapar al menos algún oblicuo rayo.

Pero persigo en vano al Dios que se retira; La irresistible Noche establece su imperio, Negro, húmedo, funesto, roto de escalofríos;

Un olor a sepulcro en las tinieblas boga, Y mi pie temeroso roza, junto al pantano, Sapos inesperados y babosas heladas._

Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión

_¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa! Pero en mí, la tristeza asciende como el mar, Y en su reflujo deja en mis cansados labios, El punzante recuerdo de sus limos amargos.

-Se desliza tu mano por mi agotado pecho; Lo que ella en vano busca, es un hueco asolado Por las feroces garras que esconde la mujer. Mi corazón no busques, fue pasto de las fieras.

Ahora es como un palacio saqueado por las turbas, Donde beben, se matan, se arrancan los cabellos. -Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!…

¡Tú lo quieres, Belleza, flagelo de las almas! Con tus ojos de fuego, como fiestas lujosas, ¡Calcina esos despojos que evitaron las fieras!

Versión de Antonio Martínez Sarrión

La avenida estridente en torno de mí aullaba. Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa, pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa Casi apartó las puntas del velo que llevaba.

Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa, Me hizo beber crispado, en un gesto demente, En sus ojos el cielo y el huracán latente; El dulzor que fascina y el placer que destroza.

Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza, Por tu brusca mirada me siento renacido. ¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?

¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza. Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías. Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.

Versión de José Emilio Pacheco

Ésta es una mujer de rotunda cadera que permite en el vino mojar su cabellera. Las garras del amor , las mismas del granito. Se ríe de la muerte y la depravación, y, a pesar de su fuerte poder de destrucción, las dos han respetado hasta ahora, en verdad, de su cuerpo alto y firme la altiva majestad.

Anda como una diosa y tiende sultana, siente por el placer fe mahometana. Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos demanda la mirada de todos los humanos.

Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!, necesaria, no obstante a la caterva inmunda, que la beldad del cuerpo es un sublime don que de cualquier infamia asegura el perdón.

Ella ignora el infierno y purgatorio ignora, y mirará por eso, cuando le llegue la hora, la cara de la muerte en un tan duro momento, como un niño: sin odio sin remordimiento.

Versión de María Fasce

¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes! Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres! En ti revivirán los íntimos instantes y el sabor del hogar en los atardeceres, Madre de los recuerdos, ¡Reina de los Amantes!

Las noches que doraba la crepitante lumbre, las noches del balcón entre un vaho de rosas, cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre y el frecuente decirnos inolvidables cosas en noches que doraba la crepitante lumbre.

¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas! ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío¡ Inclinado hacia ti, Reina de las amadas, respiraba el perfume de tu cuerpo bravío. Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas.

En redor espesaba la noche su negrura y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas, yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno! ¡Oh dulzura! Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas, y en redor espesaba la noche su negrura.

¡Es de artistas fijar los minutos del gozo remirando el ayer sumido en tus rodillas! ¿A qué vano buscar encanto langoroso, de tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas? Es de artistas fijar los minutos del gozo.

Juramentos, aromas, besos innumerables: renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas como soles que suben a cielos inefables después de sumergidos en las amargas ondas? ¡Oh aromas, juramentos! ¡Oh besos incontables!

Versión de Carlos López Narváez

Mi juventud no fue sino oscura tormenta que rara vez el Sol cortó con luz brillante, trueno y lluvia ejercieron tan repetida afrenta que en mi jardín no existen los frutos incitantes.

Yo que toqué el otoño del pensamiento azadas tendré que usar, rastrillos y palas poderosas, para juntar de nuevo las tierras inundadas donde los agujeros son grandes como fosas.

Quién sabe si las nuevas flores que yo he soñado encontrarán en este territorio lavado el místico alimento que las vaya elevando!

Oh dolor de dolor! Corre el tiempo, la vida, y el oscuro enemigo que nos va desangrando crece y se fortifica con la sangre perdida!

Versión de Pablo Neruda

-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano? -Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo. -¿A tus amigos? -Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer. -¿A tu patria? -Ignoro en qué latitud está situada. -¿A la belleza? -Bien la querría, ya que es diosa e inmortal. -¿Al oro? -Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios. -Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero? -Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá…. ¡a las nubes maravillosas!

¡Triste espíritu, antaño amante de la lucha, la Esperanza, cuya espuela excitaba tu ardor, no quiere ya montarte! Échate sin pudor, viejo caballo cuyas patas tropiezan en todos los obstáculos.

Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto.

¡Espíritu vencido, extenuado! Para ti, viejo merodeador, el amor no tiene ya sabor, ni tampoco la lucha; ¡adiós, pues, cantos del metal y suspiros de la flauta!, ¡placeres, no tentéis ya a un corazón sombrío y gruñón!

¡La adorable Primavera ha perdido su olor!

Y el Tiempo me devora minuto tras minuto, como la nieve inmensa a un cuerpo afectado por la rigidez; contemplo desde lo alto el globo de su redondez, y ya no busco en él el abrigo de una choza.

Alud, ¿quieres arrastrarme en tu caída?

Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado con morosa embriaguez, con avidez golosa el incienso que invade la nave silenciosa, o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?

¡Oh mágico, profundo portento alucinado, presencia revivida de evocación brumosa, cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa de la sepulta imagen, del recuerdo adorado!

Selváticos efluvios se propagan al vuelo del espeso y elástico madejón de su pelo, como un incensario que sahuma la alcoba.

Y de las muselinas y el terciopelo oscuro de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro, negro aroma gemelo del lecho de caoba.

Versión de: Carlos López Narváez

Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era.

El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a decírselo.» Pocos instantes después presentose de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.» Y así era en verdad.

Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada.

Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!»

¿Verdad, señora, que éste es un madrigal ciertamente meritorio y tan enfático como vos misma? Por de contado, tanto placer tuve en bordar esta galantería presuntuosa, que nada, en cambio, he de pediros.

Tú que, como una cuchillada; Entraste en mi dolorido corazón. Tú que, como un repugnante tropel De demonios, viniste loca y adornada,

Para hacer de mi espíritu humillado Tu lecho y tu dominio. ¡Infame!, a quien estoy ligado Como el forzado a su cadena,

Como al juego el jugador empedernido, Como el borracho a la botella, Como a la carroña los gusanos. -¡Maldita, maldita seas tú!

Supliqué a la rápida espada Que conquistara mi libertad Y supliqué al pérfido veneno Que sacudiera mi ruindad.

¡Ay! el veneno y la espada. Me desdeñaron diciéndome:. -No eres digno de que se te libere De tu esclavitud maldita.

-¡Imbécil! -Si de su dominio Te libraron nuestros esfuerzos, Tus besos resucitarían El cadáver de tu vampiro.

Versión de María Fasce_

A Maxime du Camp _I Para el niño, enamorado de mapas y estampas, El universo es igual a su vasto apetito. ¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas! ¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!

Una mañana zarpamos, la mente inflamada, El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos, Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares.

Algunos, dichosos al huir de una patria infame; Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados, Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer, La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.

Para no convertirse en bestias, se embriagan De espacio y de luz, y de cielos incendiados; El hielo que los muerde, los soles que los broncean, Borran lentamente la huella de los besos.

Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten Por partir; corazones ligeros, semejantes a los globos, De su fatalidad jamás ellos se apartan, Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!

¡Son aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes, Y que como el conscripto, sueñan con el cañón, En intensas voluptuosidades, mutables, desconocidas, Y de las que el espíritu humano jamás ha conocido el nombre!

II Imitamos ¡horror! al trompo y la pelota En su danza y sus saltos; hasta en nuestros sueños La Curiosidad nos atormenta y nos envuelve, Como un Ángel cruel que fustigará soles.

¡Singular fortuna en la que el final se desplaza, Y no estando en parte alguna, puede hallarse por doquier! ¡Donde el Hombre, que jamás la esperanza abandona, Para lograr el reposo corre siempre como un loco!

Nuestra alma es nave de tres palos buscando su Icaria; Una voz resuena en el puente: “¡Atención!” Una voz desde la cofa, ardiente y loca, clama: “¡Amor… gloria… felicidad!” ¡Infierno! ¡Es un escollo!

Cada islote señalado por el vigía Es un El dorado prometido por el Destino; La imaginación, que acucia su orgía No halla más que un arrecife al amanecer.

¡Oh, el infeliz enamorado de tierras quiméricas! ¿Habrá que engrillar y arrojar al mar, A este marinero borracho, inventor de Américas Para el cual el espejismo toma el remolino más amargo?

Como el viejo vagabundo, chapaleando en el lodo Sueña, husmeando en el aire, brillantes paraísos; Su mirada hechizada descubre una Capúa En cuanto lugar la candela alumbra un tugurio.

III ¡Asombrosos viajeros! ¡Qué nobles relatos Leemos en vuestros ojos profundos como los mares! Mostradnos los joyeros de vuestras ricas memorias, Esas alhajas maravillosas, hechas de astros y de éter.

¡Deseamos viajar sin vapor y sin velas! Para ahuyentar el tedio de nuestras prisiones, Haced desfilar nuestros espíritus, tensos como un lienzo, Vuestros recuerdos enmarcados por horizontes.

Decid, ¿qué habéis visto?

IV

“Hemos visto astros Y olas; hemos visto playas además; Y, malgrado muchos choques e imprevistos desastres, Nos hemos hastiado, a menudo, como aquí.

El esplendor del sol sobre el mar violáceo, El esplendor de las ciudades en el sol poniente, Encendían en nuestros corazones el impulso inquietante De sumergirnos en el cielo con su reflejo fascinante.

Las más ricas ciudades, los más amplios paisajes, Jamás contenían el atractivo misterioso De aquellos que el azar forma con las nubes. ¡Y siempre el deseo nos tornaba inquietos!

-El gozo acrecienta del deseo la fuerza. ¡Deseo, viejo árbol, al cual el placer sirviéndole de abono, Entretanto acrecienta y endurece tu corteza, Tus ramas quieren ver el sol de más cerca!

¿Crecerás siempre, gran árbol, más vivaz Que el ciprés? —Sin embargo, nosotros, con cuidado, Recogimos algunos croquis para vuestro álbum voraz, ¡Hermanos que encontráis bello todo cuanto viene de lejos!

Hemos saludado ídolos engañosos; Tronos constelados de joyas luminosas; Palacios adornados cuya feérica pompa Sería para vuestros banqueros un sueño ruinoso;

Vestimentas que son para la vista una embriaguez; Mujeres cuyos dientes y las uñas están pintados, Y juglares sabios que la serpiente acaricia.”

V Y después, y después. ¿Todavía, qué más?

VI “¡Oh, cerebros infantiles!”

Para no olvidar el tema capital, Hemos visto en todas partes, y sin haberlo buscado, Desde arriba hasta abajo la escala fatal, El espectáculo enojoso del inmortal pecado:

La mujer, esclava vil, orgullosa y estúpida, Sin reír extasiándose y adorándose sin repugnancia; El hombre, tirano goloso, lascivo, duro y ávido, Esclavo de la esclava y arroyo en la cloaca;

El verdugo que goza, el mártir que solloza; La fiesta que sazona y perfuma la sangre; El veneno del poder enervando al déspota, Y el pueblo amoroso del látigo embrutecedor;

Muchas religiones semejantes a la nuestra, Todas escalando el cielo; la Santidad, Cual un lecho de plumas donde un refinado se revuelca, En los clavos y la cerda, buscando la voluptuosidad;

La Humanidad habladora, ebria de su genialidad, Y enloquecida, hoy como lo estaba ayer, Clamando a Dios, en su furibunda agonía: “¡Oh, mi semejante, oh mi señor, yo te maldigo!”

Y los menos necios, atrevidos amantes de la Demencia, Huyendo del gran rebaño acorralado por el Destino, Refugiándose en el opio inconmensurable! -Tal es del globo entero el eterno boletín.”

VII ¡Amargo sabor, aquel que se extrae del viaje! El mundo, monótono y pequeño, en el presente, Ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen; Un oasis de horror en un desierto de tedio!

¿Es menester partir? ¿Quedarse? Si te puedes quedar, quédate; Parte, si es menester. Uno corre, el otro se oculta Para engañar ese enemigo vigilante y funesto, ¡El Tiempo! El pertenece, a los corredores sin respiro,

Como el Judío Errante y como los apóstoles, A quien nada basta, ni vagón ni navío, Para huir de este retiro infame; y aun hay otros Que saben matarlo sin abandonar su cuna.

Cuando, finalmente, él ponga su planta sobre nuestro espinazo, Podremos esperar y clamar: ¡Adelante! Lo mismo que otras veces, cuando zarpamos para la China, Con la mirada hacia lo lejos y los cabellos al viento,

Nos embarcaremos sobre el mar de las Tinieblas Con el corazón gozoso del joven pasajero. Escucháis esas voces, embelesadoras y fúnebres, Que cantan: “¡Por aquí! vosotros que queréis saborear

¡El Loto perfumado! Es aquí donde se cosechan Los frutos milagrosos que vuestro corazón apetece; Acudid a embriagaros con la dulzura extraña De esta siesta que jamás tiene fin!”

Por el acento familiar barruntamos al espectro; Nuestros Pilades, allá, nos tienden sus brazos. “¡Para refrescar tu corazón boga hacia tu Electra!” Dice aquella a la que en otros días besábamos las rodillas.

VIII ¡Oh, Muerte, venerable capitana, ya es tiempo! ¡Levemos el ancla! Esta tierra nos hastía, ¡oh, Muerte! ¡Aparejemos! ¡Si el cielo y la mar están negros como la tinta, Nuestros corazones, a los que tú conoces, están radiantes!

¡Viértenos tu veneno para que nos reconforte! Este fuego tanto nos abraza el cerebro, que queremos Sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? ¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo!_

_¡Hoy es espléndido el espacio! Sin freno, ni espuelas, ni brida, Partamos a lomos del vino Hacia un cielo divino y mágico.

Cual dos ángeles torturados Por implacable calentura En el cristal azul del alba Sigamos tras el espejismo.

Balanceándonos sobre el ala Del torbellino inteligente, En un delirio paralelo,

Hermana, navegando juntos, Huiremos sin reposo o tregua Al paraíso de mis sueños.

¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor! Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito. ¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones. Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada intensidad. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vibraciones chillonas, dolorosas. Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva… ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido.

Embriáganse

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán: “¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo, Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina, Vuelca confusamente el beneficio y el crimen, Y se puede, por eso, compararte con el vino.

Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora; Tú esparces perfumes como una tarde tempestuosa; Tus besos son un filtro y tu boca un ánfora Que tornan al héroe flojo y al niño valiente.

¿Surges tú del abismo negro o desciendes de los astros? El Destino encantado sigue tus faldas como un perro; Tú siembras al azar la alegría y los desastres, Y gobiernas todo y no respondes de nada,

Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas; De tus joyas el Horror no es lo menos encantador, Y la Muerte, entre tus más caros dijes, Sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.

El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela, Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha! El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa, ¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo! Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta De un infinito que amo y jamás he conocido?

De Satán o de Dios ¿qué importa? Ángel o Sirena, ¿Qué importa si, tornas -hada con ojos de terciopelo, Ritmo, perfume, fulgor ¡oh, mi única reina!- El universo menos horrible y los instantes menos pesados?

Mi hermana, mi ser, sueña en el placer de juntar las vidas en tierra distante; y en un lento amar, amando expirar en aquel país a Ti semejante. Los húmedos soles de sus arreboles mi alma conturban con el mismo encanto de tus agoreros ojos traicioneros cuando resplandecen a través del llanto.

Allá todo es rítmico, hermoso y sereno esplendor voluptuoso.

Pulieron los años suntuosos escaños que serán la muelle pompa de la estancia donde los olores de exóticas flores vagan entre ’una ambarina fragancia. La rica techumbre, la ilímite lumbre que dan los espejos con magia oriental, hablaran con voces de incógnitos goces al alma en su dulce lenguaje natal.

Allá todo es rítmico, hermoso y sereno esplendor voluptuoso. Mira en las orillas las dormidas quillas de innúmera ruta, de sino errabundo: siervas de tu anhelo, su marino vuelo tendieron de todos los puertos del mundo. Ponentinos lampos revisten los campos, la senda, la orilla. Cárdeno capuz de oro y jacinto, por el orbe extinto difunde la tarde su cálida luz. Allá todo es rítmico, hermoso y sereno esplendor voluptuoso.

Versión de Carlos López Narváez

Yo soy bella, ¡oh mortales! , como un sueño de piedra. Mi seno -donde el hombre se desangra y expira- Mudo, infinito amor al poeta le inspira, Coronada de rosas lo mismo que de yedra.

Campea en el azul -esfinge impenetrable-: Bajo alburas de cisne llevo un alma de nieve; Odio los movimientos que las líneas remueve; Lo mismo ignoro el llanto que la risa inefable.

Los poetas, absortos frente a mis actitudes -Que asumidas parecen de altivas magnitudes- Consumirán sus días sondando las edades;

Que tengo para embrujo de amadores tan fieles, -Espejos que trasmutan las guijas en joyeles- Mis ojos, grandes ojos, de eternas claridades.

Versión de Carlos López Narváez

La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella, viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos. Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables. Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la casa con sus aullidos. Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo: «¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aun a los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles cariño!»

El demonio a mi lado acecha en tentaciones; como un aire impalpable lo siento en torno mío; lo respiro, lo siento quemando mis pulmones de un culpable deseo con que, en vano, porfío.

Toma a veces la forma, sabiendo que amo el arte, de la más seductora de todas las mujeres; con pretextos y antojos que no hecho a mala parte acostumbra mis labios a nefandos placeres.

Cada vez más, me aleja de la dulce mirada de Dios, dejando mi alma jadeante, fatigada en medio de las negras llanuras del hastío.

Y pone ante mis ojos llenos de confesiones, heridas entreabiertas, espantosas visiones… la destrucción preside este corazón mío.

Versión de María Fasce

Con su veste ondulante, de visos nacarados -aún cuando camina parece que danzara- cual ágiles serpientes que en la mágica vara y en cadencias concitan los juglares sagrados;

Como la arena fosca y el azul inclemente -una y otro impasibles ante el dolor humano; como la red sin fondo del artero océano, va desplegando Ella su mirar indolente.

Tersos, fingen sus ojos un metal agorero -amalgama de oro, gemas, lampos de acero- suma del ángel puro y la esfinge profunda,

y en su naturaleza simbólica y extraña esplende para siempre, con su inútil entraña, la fría majestad de la hembra infecunda.

Versión de Carlos López Narváez

Creo sentir, a veces que mi sangre en torrente se me escapa en sollozos lo mismo que una fuente. Oigo perfectamente su queja dolorida, pero me palpo en vano para encontrar la herida.

Corre como si fuera regando un descampado, y en curiosos islotes convierte el empedrado, apagando la sed que hay en toda criatura y tiñendo doquiera de rojo la Natura.

A menudo también del vino he demandado que aplaque por un día mi terror. ¡Pero el vino torna el mirar más claro y el oído más fino.

Tampoco en el amor el olvido he encontrado: ha sido para mí un lecho de alfileres, hecho para saciar la sed de las mujeres.

Versión de Eduardo Ritter

Soy la pipa de un escritor: dice bien claro mi pergeño de cafre, que tengo por dueño un refinado fumador.

Al agobio de su labor se agita mi flabel risueño igual que el penacho hogareño a la vuelta del labrador.

Mecer su corazón yo gusto en el móvil azul arbusto nacido en mi boca de fuego.

Y extiendo con mi beso ardiente sobre su espíritu doliente unción de encanto y de sosiego.

Versión de Carlos López Narváez

¡Cuánto gozo al mirar, dulce indolente, Tu corpóreo esplendor Como si fueran seda iridiscente Tu piel y su fulgor.

Y sobre tu profunda cabellera De un ácido aromar -Cual un mar errabundo, sin ribera, En azul ondular;

Como bajel que despertó del sueño Al viento matinal, Lanzo mi alma en soñador empeño Hacia el piélago astral.

En tu mirada que nada revela De dulzura ni hiel, Mezcla de oro y hierro se congela Para el doble joyel.

Mirando la cadencia con que avanzas Bella de lasitud, Dijéranse las serpentinas danzas Al ritmo del laúd.

Agobiada de un fardo de molicie Tu cabeza infantil Se balancea como en la planicie Una leona febril.

Y tu cuerpo se inclina y se distiende Como un ebrio bajel, Y va de borda en borda mientras hiende Las aguas su proel.

Cual la onda engrosada por las fuentes Del rugidor glaciar , Cuando asoman al filo de tus dientes Espuma y pleamar,

Creo beber un vino -sangre y llama, Sima y elevación-, Un vino que me inunda, que me inflama De astros el corazón.

Versión de Carlos López Narváez

  1. Madrigal triste

¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste. Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto. Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto; la tormenta a las flores de frescura reviste.

Eres más la que amo si la melancolía consterna tu mirada; si en lago de negrura tu corazón naufraga; si el ayer su pavura tiende sobre tus horas como nube sombría.

Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte -tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.

¡Oh voluptuosidades profundas y divinas! ¡Salmo de los deleites entonado en sollozos! Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos con que las interiores penumbras iluminas.

Tu corazón es fragua; la pasión insepulta como ascua inextinta, dispersa su destello; y bajo la celeste blancura de tu cuello un poco de satánica rebeldía se oculta.

Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños pesadillas sin término, reflejos avernales, y en lívidas visiones de azufre mil puñales tajen tu carne ebria de filtros y beleños,

y a todas las quimeras pávida esclavizada el augurio funesto mires a cada paso, y convulsa te acojas al letárgico abrazo del tedio irresistible que anuncia la alborada.

Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa, decirme desde el antro de la noche morbosa, con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey!

Versión de Carlos López Narváez

Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena. Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está. Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.

Mientras la muchedumbre que se rinde al placer ­Su verdugo inclemente­ por las calles anhela Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela, Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver

Que es posible escaparse de los ya muertos años Con sus antiguos trajes en el balcón celeste. Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,

Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza. Ahora, tal un sudario que desciende del este. Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.

Versión de José Emilio Pacheco

Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa, tendida bajo el mármol de negro monumento y por tibia morada y por solo aposento tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;

Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa, y le robe a tus flancos su dulce rendimiento, acallará por siempre tu corazón violento, detendrá para siempre tu andanza vagarosa.

La tumba, confidente de mi anhelo infinito (compasivo refugio del poeta maldito) a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:

“Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte”? Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos.

Versión de Carlos López Narváez

  1. Soneto de otoño

Me preguntan tus ojos, claros como el cristal, para ti, extraño amante, ¿cuál es mi atractivo? -¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, al que todo irrita excepto el candor del animal primitivo,

no quiere descubrirte su secreto infernal. Berceuse cuya mano al dulce sueño invita, ni su negra leyenda escrita con llamas. ¡Odio la pasión y el ingenio me duele!

Amémonos con dulzura. El amor en su garita, tenebroso, emboscado, blande su arco cruel. Conozco las armas de su perfecto arsenal.

¡Crimen, horror y locura! ¡Oh, pálida margarita! ¿Acaso, como yo, no eres tú un sueño otoñal, también tú, mi tan fría y pálida Margarita?

Versión de María Fasce

que a la bóveda nocturna…

Te adoro igual que a la bóveda nocturna, ¡oh vaso de tristeza, gran taciturna! Y te amo tanto más, bella, cuanto más me huyes; y cuanto más me pareces encanto de mis noches, irónicamente aumentar la distancia que separa mis brazos de la inmensidad azul. Avanzo en los ataques y trepo en los asaltos como junto a un cadáver un coro de gusanos, y amo tiernamente, bestia implacable y cruel, incluso tu frialdad, que aumenta tu belleza.

Versión de María Fasce

Klop, klip, klop, klop, klip, klop. Desgranando gota a gota su rítmico sollozo, En los pilones de la fuente donde el agua duerme inmóvil, Un surtidor es el único en turbar la plácida y tranquila noche.

Qué silencio! Se diría que este globo aletargado Sobre aterciopeladas olas hacia el infinito se desliza. Allá en lo alto, a miles de millones de lenguas acribillando el Espacio, Peregrinos ahítos de las azules soledades, Ajenos a los mártires que sobre sus flancos pululan, Enredando sin fin sus orbe indolentes, -Oasis de miseria o cadáveres de mundos- Las doradas esferas circulan errantes de concierto. Alma mía, olvidemos todo! Soltemos las riendas de oro A las contemplaciones que su vuelo despliegan, Las estrofas en mi seno permanecen alicaídas… Por qué razón someterlas a un metro rebelde! Nada quiero saber, el vértigo enervante Me arrulla en los pliegues de su abismo movedizo… Me fundo dulcemente… Estoy muerto, nada… ni siquiera la certeza De oír el surtidor puntuar gota a gota El eterno silencio de un rítmico sollozo. Klop, klip, klop, klop, klip, klop…

Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire.

¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus cabellos! Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música.

Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana.

En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el eterno calor.

En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes.

En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la no-che de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco.

Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

De “Las flores del mal: Versiones de Ignacio Caparrós (Ed. Alhulia. Colección “Crisálida”, nº 20. Granada, 2001)

Por divertirse a veces suelen los marineros cazar a los albatros, aves de envergadura, que siguen, en su rumbo indolentes viajeros, al barco que se mece sobre la amarga hondura.

Apenas son echados en la cubierta ardiente, esos reyes del cielo, torpes y avergonzados, sus grandes alas blancas abaten tristemente como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.

¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico! ¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco! ¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico, imita otro su vuelo con renqueo burlesco!

El Poeta es semejante al príncipe del cielo que puede huir las flechas y el rayo frecuentar; entre mofas y risas exiliado en el suelo, sus alas de gigante le impiden caminar.


La creación es un templo donde vivos pilares hacen brotar a veces vagas voces oscuras; por allí pasa el hombre a través de espesuras de símbolos que observan con ojos familiares.

Como ecos prolongados que a lo lejos se ahogan en una tenebrosa y profunda unidad, inmensa cual la noche y cual la claridad, perfumes y colores y sonidos dialogan.

Laten frescas fragancias como carnes de infantes, verdes como praderas, dulces como el oboe, y hay otras corrompidas, gloriosas y triunfantes,

de expansión infinita sus olores henchidos, como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe, que los éxtasis cantan del alma y los sentidos.


Mi juventud fue sólo tenebrosa tormenta, por rutilantes soles cruzada acá y allá; relámpagos y lluvias la hicieron tan violenta, que en mi jardín hay pocos frutos dorados ya.

De las ideas hoy al otoño he llegado, y rastrillos y pala ahora debo emplear para igualar de nuevo el terreno inundado, donde el agua agujeros cual tumbas fue a cavar.

¿Quién sabe si las flores nuevas que en sueño anhelo hallarán como playas en el regado suelo el místico alimento que les diera vigor?

-¡Dolor!, ¡dolor! ¡El Tiempo, ay, devora la vida, y el oscuro Enemigo que roe nuestro interior con nuestra propia sangre crece y se consolida!


¡Para siempre, hombre libre, a la mar tu amarás! Es tu espejo la mar; mira, contempla tu alma en el vaivén sin fin de su oleada calma, y tan hondo tu espíritu y amargo sentirás.

Sumergirte en el fondo de tu imagen te dejas; con tus ojos y brazos la estrechas, y tu ardor se distrae por momentos de su propio rumor al salvaje e indomable resonar de sus quejas.

Oscuros a la vez ambos sois y discretos: hombre, nadie sondeó el fondo de tus simas, tus íntimas riquezas, oh mar, a nadie arrimas, ¡con tan celoso afán calláis vuestros secretos!

Y en tanto van pasando los siglos incontables sin piedad ni aflicción vosotros os sitiáis, de tal modo la muerte y la matanza amáis, ¡oh eternos combatientes, oh hermanos implacables!


Bella soy, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra, y mi seno, que a todos siempre ha martirizado, para inspirar amor a los poetas medra a la materia igual, inmortal y callado.

En el azul impero, incomprendida esfinge; al blancor de los cisnes uno un corazón frío; detesto el movimiento que a las líneas refringe, y nunca lloro como jamás tampoco río.

Los poetas, al ver mis grandes ademanes, que parecen prestados de altivos edificios, consumirán sus días en austeros afanes;

Pues, para fascinar a amantes tan propicios, tengo puros espejos que hacen las cosas bellas: ¡mis ojos, tan profundos, como eternas centellas!


Cuando en el fondo duermas, mi bella tenebrosa, de una tumba de mármol denegrido construida, y ya tan sólo tengas por alcoba o guarida una cueva lluviosa y una profunda fosa;

Cuando oprima la losa tu carne temblorosa y tus flancos doblados con encanto tendida, y el latir y el querer a tu pecho le impida, Y a tus pies el correr su carrera azarosa,

La tumba, confidente de mi sueño infinito, (porque la tumba siempre comprenderá al poeta), en esas largas noches en que el sueño es proscrito,

Te dirá: “¿De qué os sirve, cortesana indiscreta, lo que los muertos lloran no haber conocimiento?” -Y te roerá el gusano como un remordimiento.


Los amantes fervientes y los sabios austeros adoran por igual, en su estación madura, al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.

Amigos de la ciencia y la sensualidad, al horror de tinieblas y al silencio se guían; los fúnebres corceles del Erebo serían, si pudieran al látigo ceder su majestad.

Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes de alargadas esfinges, que en vastas latitudes solitarias se duermen en un sueño inmutable;

Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas, y partículas de oro, como arena agradable, estrellan vagamente sus místicas pupilas.


Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso, rico, pero impotente, joven, aunque achacoso, que, despreciando halagos de sus cien concejales, con sus perros se aburre y demás animales. Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón, ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón. La grotesca balada del bufón favorito no distrae la frente de este enfermo maldito; en cripta se convierte su lecho blasonado, y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado, no saben ya encontrar qué vestido indiscreto logrará una sonrisa del joven esqueleto. el sabio que le acuña el oro no ha podido extirpar de su ser el humor corrompido, y en los baños de sangre que hacían los Romanos, que a menudo recuerdan los viejos soberanos, reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido._

Versión de Ignacio Caparrós (Ed. Alhulia. Colección “Crisálida”, nº 20. Granada, 2001)