, sea el dueño de Enero, Mientras cae la nieve en tediosas veladas, Para caldear tus pies violáceos, un tizón?
¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas En los nocturnos rayos que filtran los postigos? ¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües Con el oro que esplende en la bóveda azul?
Debes, para ganar tu pan de cada noche, Agitar como niño de coro el incensario Y salmodiar Te Deums en los que apenas crees, Reiterando tus gracias, como hambriento payaso Y tu risa velada por lágrimas secretas, Para ver cómo estalla la vulgar carcajada. ²dios que personificaba el viento del Norte en la mitología griega.
_Mi juventud no fue sino un gran temporal Atravesado, a rachas, por soles cegadores; Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.
He alcanzado el otoño total del pensamiento, y es necesario ahora usar pala y rastrillo Para poner a flote las anegadas tierras Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.
¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño, Hallarán en mi suelo, yermo como una playa, El místico alimento que les daría vigor?
-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo, Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón, Crece y se fortifica con nuestra propia sangre._
* * * * *
Para alzar un peso tan grande ¡Tu coraje haría falta, Sísifo! Aun empeñándose en la obra El Arte es largo y breve el Tiempo.
Lejos de célebres túmulos En un camposanto aislado Mi corazón, tambor velado, Va redoblando marchas fúnebres.
-Mucha gema duerme oculta En las tinieblas y el olvido, Ajena a picos ya sondas.
-Mucha flor con pesar exhala Como un secreto su grato aroma En las profundas soledades.
Estatua alegórica a la manera del renacimiento a Ernest Christophe, escultor
Contempla ese tesoro de gracias florentinas; En la forma ondulante del musculoso cuerpo, Son hermanas divinas la Elegancia y la Fuerza. Esta mujer, fragmento en verdad milagroso, Noblemente robusta, divinamente esbelta, Nació para reinar en lechos suntuosos Y entretener los ocios de un príncipe o de un papa.
-Observa esa sonrisa voluptuosa y fina Donde la Fatuidad sus éxtasis pasea, Esos taimados ojos lánguidos y burlones, El velo que realza esa faz delicada Cuyos rasgos nos dicen con aire triunfador: «¡El Deleite me nombra y el Amor me corona!» A un ser que está dotado de tanta majestad, ¡Qué encanto estimulante le da la gentileza! Acerquémonos trémulos de su belleza en torno.
¡Oh blasfemia del arte! ¡Oh sorpresa brutal! La divina mujer, que prometía la dicha ¡Concluye en las alturas en un monstruo bicéfalo
¡Mas no! Máscara es sólo, mentido decorado, Ese rostro que luce un mohín exquisito, Y, contémplalo cerca: atrozmente crispados, La auténtica cabeza, el rostro más real, Se ocultan al amparo de la cara que miente.
¡Oh mi pobre belleza! El río esplendoroso De tu llanto se abisma en mi hondo corazón. Me embriaga tu mentira y se abreva mi alma En la ola que en tus ojos el Dolor precipita.
-Mas, ¿por qué llora? En esa belleza inigualable Que tendría a sus pies todo el género humano, ¿Qué misterioso mal roe su flanco de atleta?
-¡Insensata, solloza sólo porque ha vivido! ¡Y porque vive! Pero lo que lamenta más, Lo que hasta las rodillas la hace estremecer Es que mañana, ¡ay!, continuará viviendo, ¡Mañana, al otro día, siempre! ¡Igual que nosotros!
Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos, Sólo había conservado las sonoras alhajas Cuyas preseas le otorgan el aire vencedor Que las esclavas moras tienen en días fastos.
Cuando en el aire lanza su sonido burlón Ese mundo radiante de pedrería y metal Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí Las Cosas en que se une el sonido a la luz.
Ella estaba tendida y se dejaba amar, Sonriendo de dicha desde el alto diván A mi pasión profunda y lenta como el mar Que ascendía hasta ella como hacia su cantil.
Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado, Con aire soñador ensayaba posturas Y el candor añadido a la lubricidad Nueva gracia agregaba a sus metamorfosis;
Y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos Pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes, Pasaban por mis ojos lúcidos y serenos; Y su vientre y sus senos, racimos de mi viña,
Avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal Para turbar la paz en que mi alma estaba Y para separarla del peñón de cristal Donde se había instalado solitaria y tranquila.
Y creí ver unidos en un nuevo diseño -Tanto hacía su talle resaltar a la pelvis- Las caderas de Antíope al busto de un efebo, ¡Soberbio era el afeite sobre su oscura tez!
-Y habiéndose la lámpara resignado a morir Como tan sólo el fuego iluminaba el cuarto, Cada vez que exhalaba un destello flamígero Inundaba de sangre su piel color del ámbar.
Cuando entorno los ojos bajo el sol otoñal Y respiro el aroma de tu cálido seno, Ante mí se perfilan felices litorales Que deslumbran los fuegos de un implacable sol.
Una isla perezosa donde Naturaleza Produce árboles únicos y frutos sabrosísimos, Hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados Y mujeres con ojos donde pinta el asombro.
Guiado por tu aroma hacia mágicos climas Veo un puerto colmado de velas y de mástiles Todavía fatigados del oleaje marino,
Mientras del tamarindo el ligero perfume, Que circula en el aire y mi nariz dilata, En mi alma se mezcla al canto marinero.
¡Oh vellón, que rizándose baja hasta la cintura! ¡Oh bucles! ¡Oh perfume cargado de indolencia! ¡Éxtasis! Porque broten en esta oscura alcoba Los recuerdos dormidos en esa cabellera, La quiero hoy agitar, cual si un pañuelo fuese.
Languidecientes asias y áfricas abrasadas, Todo un mundo lejano, ausente, casi muerto, Habita tus abismos, ¡arboleda aromática! Tal como otros espíritus se pierden en la música, El mío, ¡oh mi querida!, navega en tu perfume.
Lejos iré, donde árbol y hombre, un día fuertes Fatalmente se agostan bajo climas atroces; Firmes trenzas, sed olas que me arranquen al fin. Tu albergas, mar de ébano, un deslumbrante sueño De velas, de remeros, de navíos, de llamas:
Un rumoroso puerto donde mi alma bebiera A torrentes el ruido, el perfume, el color; Donde naos surcando el oro y el moaré, Abren inmensos brazos para estrechar la gloria De un puro cielo, donde vibre eterno calor.
Y hundiré mi cabeza sedienta de embriaguez En ese negro océano, donde se encierra el otro, Y mi sutil espíritu que el vaivén acaricia Os hallará otra vez, ¡oh pereza fecunda! ¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!
Oh cabellos azules, oscuros pabellones Que me entregáis, inmensa, la bóveda celeste; En las últimas hebras de esas crenchas rizadas, Confundidos, me embargan los ardientes olores Del aceite de coco, del almizcle y la brea.
Durante edades, siempre, en tu densa melena Mi mano sembrará perlas, rubíes, zafiros, Para que el deseo mío no puedas rechazar. ¿No eres, acaso, oasis donde mi sueño abreva A sorbos infinitos el vino del recuerdo?
Me dispongo al ataque y acometo el asalto Como tras un cadáver un coro de gusanos Y me enloquece, ¡oh fiera implacable y cruel! Hasta esa frialdad que te vuelve aún más bella.
¡Máquina ciega y sorda, fecunda en crueldades, Saludable instrumento, bebedora de sangre! ¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste En todos los espejos decrecer tus encantos? La enormidad del mal, en que te crees tan sabia, ¿No te hizo jamás retroceder de espanto Cuando Naturaleza, con ocultos designios, De ti puede servirse, ¡oh reina del pecado! -De ti, vil animal- para engendrar un genio? ¡Oh fangosa grandeza! ¡Oh sublime ignominia!
Ven a mi pecho, alma sorda y cruel, Tigre adorado, monstruo de aire indolente; Quiero enterrar mis temblorosos dedos En la espesura de tu abundosa crin;
Sepultar mi cabeza dolorida En tu falda colmada de perfume Y respirar, como una ajada flor, El relente de mi amor extinguido.
¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce, Estamparé mis besos sin descanso Por tu cuerpo pulido como el cobre.
Para ahogar mis sollozos apagados, Sólo preciso tu profundo lecho; El poderoso olvido habita entre tus labios Y fluye de tus besos el Leteo.
Mi destino, desde ahora mi delicia, Como un predestinado seguiré; Condenado inocente, mártir dócil Cuyo fervor se acrece en el suplicio.
Para ahogar mi rencor, apuraré El nepentes