se sienta afuera de mi ventana como una vieja que va al mercado; se sienta y me observa, suda nerviosamente por entre alambre y niebla y ladrido-perro hasta cuando inesperadamente golpeo la pantalla con un periódico como manoteando una mosca y usted pudiera escuchar el grito en esta ordinaria ciudad, y entonces salió.
la manera de terminar un poema como este es quedarse de pronto callado. Versión de Rafael Díaz Borbón