Una luz arrasada de ciclón, aquella misma luz que vi de niño en las mañanas nupciales del miedo, estaba esperándome aquí, pero aún más pobre, más secreta y huraña todavía, como si no hubiera lámpara capaz de agrupar nuestras sombras dispersadas, ni pudiera la abuela regresar con aquel vaso de espumoso chocolate hasta mi cama para decir: la dicha existe, la inminencia es un tren que estremece las maderas cargado de luces y dulzura.
Por las calles oculto yo corría gritando como un pino indominable, destellando la honda piedra de presagios, discutiendo silencioso con las nubes, a comprar un martillo y unos clavos para clavar la casa contra el miedo, y al fin huíamos del mar, en orden, por los campos, buscando el ojo del ciclón que nos miraba como un animal remoto y triste.
Esa luz está aquí, ya sin peligro, toda exterior y plana, establecida en la absoluta soledad del Cayo, pura intemperie de mi ser, diciéndome: no queda nada, no era nada, no tengas miedo ni esperes otras nupcias, arde tranquilo como yo, árida y sola, no esperes nada más, ésta es la gloria que aguardaba y merece (único amparo) tu flor desierta.
( De Testimonios )