Pienso en la santidad de los lugares que nos han recibido y que dejamos quién sabe a qué parejas o a cuáles solitarios tan distantes de nosotros como astros y que sin saberlo continuarán los gestos que entre las cosas quedaron inconclusos , y pienso en las costumbres de las cosas, criaturas de este mundo pequeño, interminable, que no acabamos nunca de palpar, a tientas bajo el sol deslumbrante o la callada luna, desconocidas lámparas de lo desconocido con nuestras huellas dactilares: jarras, libros, esquinas, nubarrones, árboles, el mar, el sillón, el espejo, la noche, todo lo que llamamos la vida sin saber qué significa siquiera la palabra que no es una palabra sino música oída sólo en sueños, o un instante de ese llamado amor que nos sorprende y cae, roto en risa entre las piedras.