1 Al despertar el primer gesto es para ti, oh voluptuosidad perdida, sacando de la luna y de los muros que se unen como la flauta silenciosa del bastardo, en las hojas lejanas una sílaba intacta.
Una hoja soplando su ventura en el peso de la noche que desprende los espacios como la sal de su cuerpo el que mira al horizonte, y allí la renuncia de los días más amados cayendo hacia el espejo donde el viento no se oye.
Los amantes aún dormidos como astros que pierden los poderes de la duda y se vuelven un lúcido paisaje testifican el abandono de los sitios de dulzura, la paciencia tirada junto al mar como un escombro.
Yo pregunto por ti, oh voluptuosidad perdida, y es la piedra de esplendores insaciables lo que toca mi paladar como si yo me uniera con el blancor del ave que remonta.
2 ¿Cómo empezar, olvido, si el ave no ha empezado? ¡Rompe los textos silenciosos de la brisa, la nieve de la noche cuando el cuerpo desnudo se le escapa y amanece otra tela resonando en otra playa! ¿Cómo nombrar la vida con el humo, la sangre con la calma vacía de los vastos almacenes o con la humedad rosada que era la noche de la luz?
¡Rompe la piedra salvaje para mi tacto, la risa del salado amanecer para mi vida de lentitud igual a la celeridad del fuego!
¿Dónde ceñir el frenesí desierto y los hogares a lo largo de la costa pálida mordidos por una bestia más tranquila que la noche? ¿Cómo empezar, olvido, si tú jamás acabas?
3 Lejos están las chozas de los pescadores con las mujeres grandes y pálidas oyendo el chasquido de las olas como un ángel enmascarado. Sus conversaciones se mezclan a los alimentos de cocción clara y sumisa, los niños juegan en las rocas, junto a las aves salvajes y el firmamento vacío.
Más rápido que el tiburón lejano, más dulce que la luz en las islas felices, un desconocido como el cuerpo abre su idioma para ver el paso de la mañana ondeante sobre las piedras rojas y oscuras.
4 Allí donde la vida es la palabra ya en desuso, la palabra del detritus y el silencio que olfatean los perros, que desuella la luz sentenciosa y delirante como ultrajada madre; allí donde maduro el arlequín disfrazado de tiempo y de mendigo mira al caballo que resbala en la calle húmeda, sonríe vagamente al nacimiento de un sonido que es el sol de los ancianos, yo miraba el arco de la medialuna y repetía: voy a morir como la flor.
El mar a lo lejos aún suspira fatigosamente incorporándose y cayendo en la penumbra. Y el rosa desabrido que levanta una página delgada y polvorienta en la memoria, velado y hosco el mediodía, remolino de su bestia pura, las tardes de redes y de viento como flor de espacio, aún me imponen la dulzura de sentir la palabra del escándalo saliendo de las últimas bujías que batallan con la respiración del tiempo entre las rocas.
«Voy a oír como la flor», y contemplaba las desérticas mujeres que barren y resisten hasta que sus ojos alcanzan el esplendor de la luna y un carruaje silencioso rompe ante sus labios la ciudad remota
5 Más rápido que yo mi sueño avanza como el río cuya lentitud era la vida.
Está el abrupto atardecer fijo en mis ojos con ese arabesco en el vacío hiriente de las nubes borrascosas y rosadas que se rompen, con ese voluptuoso arder de la ignominia en la dulzura que me atraviesa disfrazado de mujer y ave.
Pero el sueño se detiene un instante desgarrador en otro mundo y canta como la luz, más desierta que el tiempo.
«Abridme las puertas de los días quemados para que al fin yo estruje la rosa salvaje en el patio marino, para que al fin yo atraviese una calle baldía del mundo y conozca la playa infernal donde un niño está cazando, con un hilo imposible, soledades, cangrejos.»
6 Estalla la ola en arrecife que sale de la noche como deslumbrante sílaba de la palabra que me apresa. El tiempo de la flor está pasando en el hogar cerrado, en la mansión vacía de memoria.
¿Qué palabras, qué vírgenes de sueño y de sonido resistirían el contacto de una gota de este mar o el soplo del espacio despertado? ¿Qué argumento -aun aquél, ilegible, con que el hombre quema la eternidad de su deseo en una calle fabulosa, mordida por la nada- y el escándalo en sus ojos le deslumbra la historia?
Mi soledad entretejida por el iris fugaz del imposible con la gloria de las bestias absolutas en el agua y en el viento, abre el frío desierto de los nombres.
Afuera está el tesoro, vivas alas de olvido, fauces totales de la lejanía.
El tiempo de la flor está pasando; la ola estalla, otra vez, en lo oscuro.