Eurídice

Eurídice

La mano en el saúco del leteo, la sombra sigue insomne de otra mano, una mano que nombra, que desbroza el camino, que pasa a limpio los nombres de las cosas. Pero el rostro, que nunca fue, que no hallará reflejo en unos ojos fielmente vueltos ya para siempre hacia sí mismos, estalla por encima de los pasos y deja que la aurora con el sol lo arrebate y arrastre por la terrible orilla de los tiempos.

Siga el pie, ciegamente, pues, la huella que ahuyenta toda la confusión, y tú, avanza, acosada cabeza aún de los abismos, con el rostro encendido y el cabello derramado entre los vientos. Y los ojos en lágrimas, en la paz y el dolor, teje un lamento al malhadado y fiel Orfeo, ¡oh pobre, despojada del infierno, delirante, ya para siempre solitaria Eurídice!

De “Antología personal” 1979