¡Era una chica tan alegre! En clase se reía sin parar. Se equivocaba siempre en las declinaciones y sin embargo podía hablar de todo e incluso pronunciaba bien la r . Ella me hizo leer a Nezval ya Jiri Orten como quien no hace nada, como si se tratara tan sólo de un azar. Yo sentía vergüenza de mí misma y de mi destino trágico, y hubiera querido salir de mi desesperación habitual para acercarme a ella y decirle, aunque fuera una vez: sí, tú tienes razón. Mas, cuando lo intentaba, las palabras se negaban a salir…
Era como si yo, reuniendo mis fuerzas, emergiera del pozo de las sombras, pero a pesar de todo, el espacio que nos separaba resultara irremediablemente infranqueable.
“Libro de alienaciones” 1980