Miré a la dulce niña del pasado con piel ansiosa y con el ojo puro, dibujando su forma contra el muro donde el amor la había equivocado.
Era yo misma… cuerpo ya olvidado, gesto de ayer y corazón seguro; simple inocencia en el afán oscuro y secreto del canto inaugurado.
Estaba allí, casual y sensitiva, dueña del dardo y la manzana viva en trémula quietud y extraño aliento.
Toqué su falda de vergel y danza, entré en el corazón de la esperanza, y recogí el engaño del momento. * * *