A Doña María de Baratta
Porque soy vagabunda conozco los caminos húmedos y fragantes que en el monte se enroscan; los que suben despacio al nido de la fuente; los que se traga el bosque con su boca de sombra.
Porque soy vagabunda he bajado al barranco a despertar el eco en su cueva de rocas; persiguiendo l`arisca libélula de nácar y el moscardón de acero que zumba entre las hojas.
Me he tendido en el musgo, sobre almohada de helechos, oyendo el trino fino que suelta la chiltota; y la oruga del lodo ha comido en mi mano, y han bailado en mi frente briznas y mariposas.
Vi abrirse el cascarón del huevillo del pájaro y la seda enrollada de la prieta amapola; probé la pulpa rica de la fruta silvestre y descubrí panales y recogí bellotas.
El viento me ha contado cuentos de maravilla ofreciendo, al pasar, lo que lleva en su alforja: olor de balsamera, de yerbas, de racimos, y todos los rumores de la tierra redonda.
La tonada del río, entre juncos y breñas, me da el sentido exacto que hay en las siete notas; y aprendo el equilibrio y la gracia del ritmo en el vaivén azul y lento de las olas.
Corro con pies descalzos sobre la playa tibia, me unto barniz de sol, juego en el agua loca, y adorno el cuerpo alegre con espuma irisada y pulseras de algas y collares de conchas.
La noche me regala sus gajos de luceros, la luciérnaga mínima su llamita temblona, el grillo su chillido clavado en el silencio y el murciélago huraño su vuelo de alas flojas.
Porque soy vagabunda toda belleza es mía y mío es el deleite que los demás ignoran. ¡Suelto mi canto vivo como el pájaro libre y tengo el alma diáfana, esponjada y gozosa! * * *
Porque llegaste del ensueño mismo, súbito y espontáneo, rompiendo ligaduras imposibles con atrevidos brazos.
Porque en la sombra, densa y sin orillas, fuiste un momento blanco: soplo fugaz de giros jubilosos, voz de risa y de canto.
Porque advertiste el signo de mi angustia, cuajado en hierro amargo; adivinando en la inquietud rebelde el impulso amarrado.
Porque tu beso te nació en el alma y no sólo en los labios: savia que reventó, dulce y violenta, en rosa de milagro.
Por tu fino sentido de ternura, nido de mi cansancio, donde confiada la tristeza-niña pudo dormir un rato.
Por las tardes de octubre, por las noches enjoyadas de astros; cuando vibraba en el caudal de vida ritmo celeste claro.
Por el móvil fulgor que aprisionaba la seda de tus párpados; por la palabra bella que envolvía el pensamiento diáfano.
Por el ovillo tibio de caricias enredado en tu mano; por la dicha de amor que no cabía en el pecho esponjado.
Por el vértigo loco de las horas que se fueron, volando… Por el dolor que nos cayó, de golpe, como cifra de pago.
Va este mensaje de añoranza ingenua, persiguiendo tu rastro por las rutas profundas del silencio, con instinto de pájaro.
Ha de llegar a ti casi sin fuerzas: pequeño y azorado; ala de miedo, pico de nostalgia, corazón de fracaso.
Y en el círculo quieto del recuerdo, sobre tu pecho cálido, tímidamente soltará el motivo de su arrullo delgado. * * *
Esta noche de octubre es de luna redonda. Estoy sola, llorosa, pegada a tu recuerdo. Han escrito tu nombre las estrellas errantes y he cogido tu voz con la red de los vientos.
Flota un olor agreste con resabios marinos, las sombras se amontonan en rincones de miedo, algo secreto emerge de las cosas dormidas y las horas se alargan en la curva del tiempo.
Mis ojos de vigilia captan todo el paisaje: el cono del volcán, los llanos y los cerros, la vereda entre zarzas, los arbustos floridos y las palmeras altas de penachos violentos.
Se oye el glu-glu monótono del agua escurridiza que en la hondonada cuaja su espejito de invierno, el golpe de la fruta al caer de la rama y el zumbido perenne de la ronda de insectos.
Mariposas ocultas tiñen sus alas frágiles, el zenzontle del alba esconde su gorjeo, y entre espesas cortinas de bejucos fragantes la paloma morada sueña rumbos de vuelo.
Por etéreos caminos los anhelos se encumbran y en los cuatro horizontes dan vueltas en silencio. ¿Quién escucha el mensaje de las almas que lloran? ¿Quién recoge en el aire los suspiros dispersos?
Trato de reconstruirte con vaguedad de líneas, pero te desvaneces y te alejas, huyendo… ¿En qué niebla distante has escondido el rostro? ¿En qué lugar remoto ha caído tu cuerpo?
Esta noche podría quererte más que nunca: hay en mi corazón humilde vencimiento; tiembla en la mano izquierda la caricia de espera y queda el beso tibio en los labios suspenso.
Te ofrendaría el hondo latido de mi impulso, mi canto de belleza y mi gajo de ensueño, y una ternura clara, como río de gracia, colmaría de encanto la cuenca de mi pecho.
Pero ya ves: el ansia ha de quedarse trunca aunque estire el amor sus brazos pedigüeños. Y he de pasar la noche, bajo la luna de ámbar, hilvanando tristezas y contando luceros. * * *
Sólo tú, verdadero, ningún dolor me diste. Tu regalo perfecto no cabía en mis manos: era el ramo fragante, el vino de alegría y la espiga madura para el pan cotidiano.
Sólo tú adivinaste el motivo secreto que doblaba mi vida en curva de fracaso; sólo tú me dijiste la palabra de aliento que me mantiene recta a través de los años.
Por camino de sombras y vueltas de peligro tu pie, firme y valiente, perseguía mis pasos. ¡Oh saltador de abismos, distancias y barreras! ¿Quién detuvo el impulso de tu amor obstinado?
Para saber quererme afinaste el sentido volviendo suave y dulce lo violento y lo amargo. Para alcanzar mi ensueño abriste alas veloces; para poder copiarme fuiste un espejo claro.
Ardía en tus pupilas hoguera de fulgores, se enredaba en tu lengua el arpegio de un canto, y mecido en tus brazos, como un niño pequeño, dormía sin temores mi corazón cansado.
Todos los que me amaron algún dolor me dieron y todos los que amé un dolor me dejaron; sólo tú me alegraste como un día de fiesta; sólo el momento tuyo fue perfecto regalo.
Por eso, en hora quieta, en el pecho se esponja el beso de ternura que revienta en los labios: ¡Música errante y vaga, azul de lejanía lucero del silencio en lágrimas cuajado! * * *
Siempre habré de quererte como ahora: ¡Amor de luces blancas!… ¡Fuego de sol que me calienta el pecho y no levanta llama!
Con esta misma música recóndita, tan profunda y tan vaga como el rumor inmenso que recoge el caracol de nácar.
Con el íntimo verso que revienta en sencillas palabras y queriendo expresar todo lo bello, casi no dice nada.
Con el goce callado de sentirte en la raíz del alma: savia celeste que mi anhelo yergue hasta las nubes altas.
Con el ensueño renovado y fresco y esta ternura clara que apenas cuaja en la caricia leve, como el roce de un ala.
…Siempre habré de quererte como ahora, aunque después me vaya errante y sola, con el llanto mudo, y la emoción ahogada.
He de llevar en el oído fino tu suave voz lejana y en el pequeño corazón rebelde tu misteriosa marca
Porque me amarra a ti nudo de siglos, y saltando distancias fui persiguiendo en encontrados rumbos la huella de tu planta.
Porque llegué de la negrura densa: una sombra agachada… y en tus brazos de amparo se encendía el resplandor del alba.
Porque el sollozo, retorcido y hondo, colmando mi garganta, soltó en la cuenca de tu mano tibia su amargura salada.
Porque anclé mi inquietud en el remanso de tu pureza intacta y meció tu silencio transparente mi vela desgarrada.
Porque encontraste la verdad oculta bajo mi forma vana. ¡Y el mismo Dios, con su pupila eterna me mira en tu mirada! * * *
Esta herida me duele con dolor deleitoso. Abierta como un surco, en su fondo germina semilla amarga y dulce que ha de erguirse, callada, en el tronco de fuerza y en la rama florida.
Árbol gigante y bello que juega con las nubes: su cabellera densa, peinada por la brisa, esconderá el arrullo de la paloma viuda y el primor delicado de la frágil orquídea.
Llegarán en bandadas mariposas de junio, han de libar sus mieles abejas bailarinas y en la quietud nocturna, luciérnagas fugaces mecerán en las hojas sus tenues candelitas.
Será la casa oculta del animal huraño, ha de lamer la bestia su raíz retorcida y quebrando jornadas el viajero del mundo apoyará en su tronco la carga de fatiga.
Rumoroso de trinos y adornado de gajos, meciendo bajo el sol frescura de caricia, con sus ventanas verdes por donde el cielo pasa y en la corteza dura cicatrices perdidas;
recogerá los ecos de músicas errantes, vibrando como un arpa que se toca a sordina; y cuando suene el grito de la tormenta loca abrigará los miedos que en soledad palpitan.
Su savia de dolor, potente y victoriosa, multiplicada en cantos, trocada en gallardía, empinada al azul y en el lodo sembrada, ha de ofrendarse a todos en dádiva sencilla.
Y tal vez una tarde, cuando estés viejo y solo, y en el recuerdo se abran puertas de lejanía, te ha de llegar un soplo de fragancia olvidada… ¡Sangre transfigurada en florescencia viva! * * *
Nos está decretado separarnos. Tal vez sea mañana… He vivido a tu lado muchos días sin ser lo que deseabas.
Has cogido en tus manos, suavemente, mi tibia mano huraña; has tejido en tu pecho nido quieto donde caben mis alas.
Para librar mi ruta de peligros fuiste apartando zarzas; con tu filo de luz abriste puertas en mi noche cerrada.
Me has mirado de frente, con serena pupila de confianza; me has dicho la palabra de ternura sencilla y cotidiana.
Me regalaste la fragancia leve de flor inmaculada y esa leve fragancia del ensueño casi no era fragancia…
Nos está decretado separarnos… Ya la pena lejana en recónditas voces de amargura anuncia su llegada.
Sin embargo… sospecho que me escondes la retorcida llama que se yergue obstinada en tu silencio y que valiente apagas.
Sé que en tus labios duerme el beso largo que vence y arrebata; en tu cuerpo de arcángel está preso el dragón de las ansias.
Y en mi sangre, también, late el impulso que hay en las viejas razas. ¡Madura estoy como la fruta dulce que se inclina en la rama!
Pero la dicha inmensa de querernos nos ha sido vedada. Después vendría la infinita angustia que colma y no se acaba.
Nos está decretado separarnos. La vida nos reclama el valor del adiós… ¡Están más juntas las almas solitarias!
Escogeré, por eso, rumbos nuevos que el horizonte alcanzan; me llevaré el dolor de haberte hallado y de darte la espalda.
Otras te ofrecerán, pleno y cumplido, el goce que soñabas; en frágiles espejos de quimera me has de ver reflejada.
Tu anhelo ha de buscarme en toda forma y yo seré fantasma; me has de sentir, como inquietud perenne, clavada en tu esperanza.
Cuando creas que me hundo en el olvido estaré más cercana: amor que por Amor deja el deleite es eterno en el alma.
Nos está decretado separarnos y mi adiós se adelanta… ¡Fulge en mi corazón tu nombre claro en un prisma de lágrimas! * * *
A don Joaquín García Monge
Voy a cantar la inmensa belleza de la vida en un verso sencillo: el color de la nube, la fragancia del gajo, y el milagro del trigo.
Quiero robar al Sol su clave luminosa y su escala de brillos; y con el alba nueva despertar en el mundo los ojos y los trinos.
Entraré con el viento en la selva profunda de los ecos dormidos; y he de sentir la recia carga de los calores y l’aguja del frío.
Jugaré con las olas de los mares revueltos un juego de peligros; y escribiré en l’arena una estrofa que acaba en puntos suspensivos.
Subiré con el fuego, como una flor violenta de capullo encendido; y después, llama extinta, he de dormir oculta en el rescoldo tibio.
Ensayaré la gama, transparente y alegre, de las voces del río; y el vaivén de fulgores que traza en las espumas el pececito arisco.
Meceré mi cadencia en el tallo delgado que sostiene al jacinto. Me hundiré, con la savia de la raíz oscura, por túneles de limo.
Asomaré mi tierno retoño de esperanza entre lianas y espinos; y en la fruta del árbol acendraré las mieles de sabor exquisito.
Esponjaré la seda del gusano rastrero envuelta en el ovillo; y en la fiesta de Mayo habré de ser inquieta mariposa de giros.
Remontaré mi gozo en el vuelo del pájaro, por diáfanos caminos; y en la rama flexible, bajo las sombras verdes, he de colgar mi nido.
Guardaré, con la fiera, mi soledad salvaje y mi cueva de gritos. Buscaré, con la bestia, el yantar cotidiano que rumian los vencidos.
Abriré misteriosa puerta de corazones con mano de sigilo; y en cuenca de ternura recogeré la música de trenzados latidos.
En la pauta de amor, en el Júbilo Eterno, he de inventar un himno que vibre en armonía exaltada y perfecta, llenando el infinito.
Con la brasa del beso sellaré la frescura del labio sensitivo; y en ofrenda secreta entregaré tesoros cabales y escondidos.
Para quien llora en vano, buscando en el silencio como un niño perdido, he de tejer, con hebras de arrullos enredados, quieto rincón de abrigo.
Aprenderé a mirar con ojos de vidente las cosas y los signos; y sabré descubrir, en cada acción, la causa y el humano sentido.
La flecha de mi anhelo romperá la tiniebla sin perder su destino; y la red de mi ensueño ha de alcanzar distantes luceros sorprendidos.
Ni angustias ni temores ceñirán en mi carne cadenas de dominio, porque tiene mi impulso la fuerza arrebatada del torrente crecido.
Seré palabra clara que reza y que bendice, y sollozo y suspiro; y en el dolor rebelde y múltiple del hombre lamento retorcido.
Y cuando en la belleza de mi canción redonda no falte ni un sonido, la soltaré en el aire… Y escogeré, callada, los rumbos del olvido. * * *
Nos fuimos -noche de Octubre- por la larga carretera. Ya no llovía. La luna era una luna canela. Cara plácida y redonda. Cara de madrina buena. Sonrisa de plata y ámbar. Maravillosa hilandera.
Su madeja de fulgor se enredaba entre la yerba; prendía en los matorrales finas hilachas de seda; se ovillaba en los rincones; se destrenzaba en las cercas; y tejía encajes anchos que colgaban de las tejas.
El viento no se movía… Donde la ciudad comienza el cementerio olvidado tenía quietud de piedra. Altos cipreses, en fila, estiraban puntas rectas. Se balanceaba en la sombra el candil de la luciérnaga, y de los campos mojados subía pesada esencia.
Reñíamos en voz baja por necedades pequeñas. ¡Niños que juegan a herirse aunque la herida les duela! Reñíamos, porque nunca dos que se quieren de veras, logran probar la alegría sin mezclarla con tristeza. En el cauce del amor brotan corrientes diversas, y jamás se siente puro el sabor del agua fresca…
Expresabas tu rencor en crueles palabras negras clavando en el corazón alfileres y saetas. Se alzó rápido mi orgullo, y con las pupilas secas, te respondí frases duras y desafié tu violencia.
Entonces la luna sabia nos enredó en su madeja: tibia suavidad de encanto, nido de lumbre magnética, red de plata que aprisiona, trenza de sutiles hebras…
Tu mano buscó mi mano en una caricia tierna, y yo doblé, avergonzada, la petulante cabeza, olvidando, como niños, penas, rencores y quejas.
Después… Nunca fue una noche mejor que la noche aquella. Húmeda noche fragante. Noche de luna canela. Frente al lagar de la muerte encendió la vida bella, como una rosa gigante, su llama de veinte leguas. ¡Flor que nacía en el barro y besaba las estrellas!
El reloj marcó la hora: doce campanadas lentas… Cuando la dicha nos llega los minutos se atropellan.
Regresamos, en silencio, por la larga carretera, con las manos enlazadas y con las almas suspensas. Ya estaban en la ciudad cerradas todas las puertas, y ninguno caminaba por las calladas aceras.
Así, nadie adivinó la dulzura que era nuestra. Sólo la luna sabía. Pero la luna es discreta.