Nadie contó la inmensa muchedumbre de espíritus que, en torno de su lumbre, cantan sus alabanzas inmortales. Sus infinitos rostros reproducen la faz tremenda y la visible espalda. Yehuda Halevy (Los ángeles del Cielo del Altísimo)
huésped del alma en alma devolviendo la palabra que abisma, lo que entiendo y no entiendo por este viaje en que llorando aprendo.
Amoroso elemento forma su fina y leve arquitectura; con ágil movimiento de flor sin atadura abre su vuelo reino de blancura.
Sube de mí, conmigo, a cumbres de silencio, a ruido vano; siendo el eterno amigo con invisible mano siembra fuego cantor en barro humano.
Su llamada secreta colma venas de noche, luz vigía; es canción y saeta, profunda compañía, íntimo sol… para mi breve día.
Le he visto por la nube con rabel de pastor cuidando sueños; por su arboleda anduve sobre aromas pequeños, y era el abril de verdes abrileños.
Cuando el clavel tenía edad de tierna boca adolescente; cuando el gorrión ponía aleteo en mi frente, él ya me daba su lección paciente.
Mi soledad le pide alta verdad y voz corregidora; sé que su tiempo mide vida razonadora y miseria viviente, hora tras hora.
Calor sin mengua vierte en puertasola, bajo nieve hundida; amando me convierte en amante aprehendida, y ya no puedo estar semidormida.
Contraluz de mi pecho a veces me lo vuelve casi nada; mas del soplo deshecho su pena derramada es goce de otra cita enjazminada.
Isla de mar adentro, donde dulce marea crece y canta; iluminado centro que hasta el cielo levanta angélico poder de mi garganta. * * *
de la doliente casa de los hombres; criatura sin pecado que dejas, olvidado, el nombre eterno en terrenales nombres;
tu escondida presencia es un fulgor que canta o que suspira; la muda confidencia se escucha en la conciencia y a veces… con el aire se respira.
Proclamo tu blancura; quiero explicar espacios que no entiendo: aquí… mi luz oscura, allá… lágrima pura, y el mundo su ceguera defendiendo.
Si tu mano en mi mano coge parte del río que se bebe; si la hoja y el grano del pulsante verano son en tu fino amor latido breve;
prolongado latido es en mi corazón lo que despiertas; y vives recogido en mi frente o perdido por esta noche de cerradas puertas.
Escucho los rumores que vienen de la pálida ribera; con mis versos menores y mis grandes amores persigo la existencia verdadera.
Tu designio me obliga a encontrar el camino innominado; tu desvelo me liga a dolor y fatiga del que va con el grito desgarrado.
Alumbras y sostienes; brotan dulces praderas de tu aliento; estás conmigo… vienes del soplo que mantienes en vasto y poderoso movimiento.
Buscándote en mi sombra -entre el miedo de ser y de acabarme- cuando el alma te nombra, al nombrarte se asombra de que quieras oírme y ampararme.
Morador de mi sueño: por tu brasa de luz, por tu alborada, este día pequeño, este fugaz empeño, son tu abismo de vida y tu posada. * * *
dueño de la virtud que aquí sostiene la línea vacilante, el asombrado instante en que la forma realidad obtiene;
dibuja lo más leve, suelta un águila blanca sobre el día, frondas y ciervos mueve en verde lejanía y es piedra y flor… ¡tenaz sabiduría!
Por latidos de aroma y por vuelos finísimos del trino inaugurado asoma, y en inefable idioma nos da su pulsación y su destino.
Otros ángeles miran la vida en plenitud diferenciada; y al contemplar admiran y en beatitud aspiran la múltiple energía desatada;
pero el más refulgente -en la idea central de lo que existe- de sonido viviente, de mar inteligente, ve surgir la experiencia que persiste.
Las torres de su altura; el agua de los lirios, hasta el fondo; mi cuerpo -esta envoltura de la humana criatura- con el cual le descubro y le respondo;
brotan de su desvelo y están en su dominio contenidos: hijos de fuego y hielo, por la tierra y el cielo despertando, despiertos y dormidos.
Pregunto: ¿dónde, cuándo su incomprensible rostro será mío? Me voy enamorando de lo que ando buscando por secretos de llanto y de rocío.
Si el corazón pudiera seguirlo -con deseo largo y fuerte- mi sombra, tan severa, olvido… olvido fuera como el suave olvidarnos en la muerte.
Ángel: días rectores me dan breves atisbos de la espera; con fríos punzadores y ceniza de flores ando el invierno, porque soy viajera.
Sin cansarme persigo la solitaria luz que adentro arde; angustiada te digo: territorio enemigo voy a cruzar… y a veces soy cobarde.
Siento que no me dejas; conozco tu fulgor, de ahora y antes; si pienso que te alejas advierto que reflejas la eternidad en luces caminantes. * * *
donde el ángel esconde su secreto; tu sombra le circuncida y tu sangre le inunda de humano palpitar, vivo y completo.
La luz que nace, ardiendo, y habla en fulgor más que en palabra oída, aquí me está diciendo que con su ayuda enciendo alta verdad, apenas comprendida.
Memoria de aquel vuelo… Descenso en constelada resonancia… Un persistente cielo recogido en el ansia de alcanzar con el pecho la distancia.
Pedir sobre la tierra rostros que alumbran, lumbre que humaniza; saber que estoy en guerra con mi propia ceniza: ¡puñado de la tierra movediza!
Es el ángel… lo siento aletear como blanca mariposa; urgido sobrealiento, tenaz presentimiento de un despertar en patria más dichosa.
¡Mirad mi paso triste buscando… por el bosque tan oscuro! Guardián de lo que existe inclinado me asiste, dándome briznas de su día puro.
La historia del suspiro, el sueño todavía encarcelado, mi noche y mi retiro, tu mar atormentado, forman su cuerpo y alzan su cuidado.
Gramilla, banderola de palma joven, de poder que mece en el nido y la ola lo que nunca envejece: ángel que en tierra lucha y permanece.
¿Quién no vio cuando llega -alado amor- a formas silenciosas? Fragante se me entrega en un ramo de rosas: ángel de flores y pequeñas cosas.
Sobre el áspero helecho, entre juncos y venas de agua pura, hunde manos y pecho y verdea y madura, vistiendo y desvistiendo su hermosura.
Hasta el cardo rastrero tiene un ángel silvestre que ha tejido con delicado esmero y afán inadvertido la flor de las espinas y el olvido.
Mi soledad consciente del portador de esencias inmortales, halla en mi propia frente -tras la puerta doliente- el reino de su vuelo y sus señales. ** *
llega con su horizonte y con su fuego; en cuerpo de hombre hundido por camino tan ciego suelta el humano y solitario ruego.
Nadie sabe que viene hasta mi corazón, de mi pasado; el amor que mantiene lo define a mi lado y lo entrega de amores coronado.
Viajero suplicante al pie del hospedaje sensitivo; ¿en qué playa distante y en que río cautivo diste una vez tu oscuro fuego vivo?
Traes laúd amargo, con pájaros de sal en el cordaje; del recuerdo -tan largo- y el desafiante viaje nace la sabia flor de tu linaje.
¿Dónde surgió el impulso de agua que busca la llanura sola? ¿Fue en un limo convulso, que nutre y enarbola rama vivaz y salto de amapola?
¿O fue en tu mar borrado -hoy en relatos, para el día triste- en mi país deseado, el planeta olvidado que encontraste en su fábula y perdiste?
Debajo de los ojos, por el agrio misterio de la entraña, entre sargazos rojos y ardorosa montaña el ayer de otra vida me acompaña.
Cuando el ciprés refiere esta profunda historia de gusanos el espino me hiere con sus muchos veranos y revivo el entierro de mis manos.
Pero también evoco algo… como el rosal de la semilla; despacio, poco a poco, con potencia sencilla, abre la noche rosas en su orilla.
No importa dónde y cuándo: somos el soplo de aquel día ausente; hablemos, recordando nuestro viaje obediente a la frágil llamada del presente. * * *