¿Te acuerdas amigo Luis de Lugo libre antes del espanto sobre el fango? Entraba la mañana por tu plaza y la luna abandonaba los bancos de la alameda. Desde la ventana acristalada veias levitar tu ciudad en el espejo que llevaba un obrero encima de la cabeza. Bajabas con cuidado por no romper las sábanas de niebla y lentamente sólo tú paseabas. (Lejos los arrabales se acercaban). La música del palco ponía guantes blancos a las banderas. Después llegaba el atardecer: la hora en que la ciudad era paisaje. Por la calle subían las casas en muletas y las murallas se dormían redondas y suaves. Tu decías: «Atardeceres de mi villa, largos, casi eternos. (Los años pasan rápidos; los días, lentos)». Y Lugo se abandonaba a la noche vigilado por su poeta de guardia.
Pero una noche de lenta puesta de sol desamparaste de versos tanta calma. Y tu que creías que en un pueblo pequeño no había asesinos comprendiste que la ciudad había muerto. Con nadie podías cambiar tu sonrisa y todos los rostros resultaban forasteros. Para ti jamás volverían a ser alegres las banderas que sangran anilina.
Los arrabales abatidos a balazos quemaban los últimos harapos y los surcos se abrían a los cadáveres que llenaban de metralla las vísceras de la tierra. y cada verso que escribías resultaba ser un surco de lágrimas que se convertía en cuneta. ¿Te acuerdas amigo Luis de Lugo en luto bajo la sombra fugacísima de las balas?
Poeta en nicho cruzaste todavía el puente del terror y hubo más palabras para tus versos. (Tú sabías que la ciudad había muerto). Seguramente un día saludaste a mis padres en el parque o en la alameda y me dijiste algo porque yo ya había cumplido y mantenía implacable la alegría. Pero tu sabías como nadie que los niños también mueren que existen niños solitarios y tristes extraños niños que conocen la muerte. Prematuramente desvelado yo nunca olvidé tu canción para que un niño no duerma. (En los arrabales ya no quedaban niños). ¿Te acuerdas amigo Luis de tanta sombra sin luces por la bruma de Lugo?
De “Lugo blues”, 1987