Tu boca violeta boreal y venérea levita por el cosmos inmensamente abierta manando levemente lava rosa en la hora horizontal de las cavernas de carne.
Tu boca violeta es de hierro fundido tiene el fulgor de la obsidiana en el talle de las amazonas y la impudicia polar de sus tangas de morsa. Sobre magmas de ámbar orificios volcánicos escupen saliva negra contra el relámpago que hierve en las tubulares sendas para el semen letal.
Tu boca violeta tiene la dulzura de la leche más azul: es como un diplodocus que se amara en silencio entre maíz zafiro y amapolas de grutas uvulares. Vamos a los puertos grises sobre petróleo blanco. El aliento lácteo que arremolinas petrifica mi líquido y desata el instinto de nadar a panteras.
Tu boca violeta de contornos infinitos se entreabre a todo lo que sea de lila. Las montañas de azúcar de tu patria Pomona y los lagos de licores de jauja o de cucaña resbalan mansamente por utopías lascivas mientras muerde el rubor y gallonas las vulvas.
Tu boca violeta boreal y venérea abocina tus labios con gestos de gruta y a latigazos irrumpe eruptiva y volcánica.
Amo la lengua de sierpe que se enrosca y se estira como funda de fruta o piel de ventosa que nos lleva adonde la aurora no preludia arenarias.
Amaré tu lava sobre todas las cosas y el bilabial crepúsculo sabrá como hablo.
De “A boca violeta”, 1987