Canto del caminar

Canto del caminar

…ou le Pays des Vignes? Rimbaud

Nunca había sabido que mi paso era distinto sobre tierra roja, que sonaba más puramente seco lo mismo que si no llevase un hombre, de pie, en su dimensión. Por ese ruido quizá algunos linderos me recuerden. Por otra cosa no. Cambian las nubes de forma y se adelantan a su cambio deslumbrándose en él, como el arroyo dentro de su fluir; los manantiales contienen hacia fuera su silencio. ¿Dónde estabas sin mí, bebida mía? Hasta la hoz pregunta más que siega. Hasta el grajo maldice más que chilla. Un concierto de espiga contra espiga viene con el levante del sol. ¡Cuánto hueco para morir! ¡Cuánto azul vívido, cuánto amarillo de era para el roce! Ni aun hallando sabré: me han trasladado la visión, piedra a piedra, como a un templo. ¡Qué hora: lanzar el cuerpo hacia lo alto! Riego activo por dentro y por encima transparente quietud, en bloques, hecha con delgadez de música distante muy en alma subida y sola al raso. Ya este vuelo del ver es amor tuyo. Y ya nosotros no ignoramos que una brizna logra también eternizarse y espera el sitio, espera el viento, espera retener todo el pasto en su obra humilde. Y cómo sufre cualquier luz y cómo sufre en la claridad de la protesta. Desde siempre me oyes cuando, libre con el creciente día, me retiro al oscuro henchimiento, a mi faena, como el cardal ante la lluvia al áspero zumo viscoso de su flor; y es porque tiene que ser así: yo soy un surco más, no un camino que desabre el tiempo. Quiere que sea así quien me aró. -¡Reja profunda!- Soy culpable. Me lo gritan. Como un heñir de pan sus voces pasan al latido, a la sangre, a mi locura de recordar, de aumentar miedos, a esta locura de llevar mi canto a cuestas, gavilla más, gavilla de qué parva. Que os salven, no. Mirad: la lavandera de río, que no lava la mañana por no secarla entre sus manos, porque la secaría como a ropa blanca, se salva a su manera. Y los otoños también. Y cada ser. Y el mar que rige sobre el páramo. Oh, no sólo el viento del Norte es como un mar, sino que el chopo tiembla como las jarcias de un navío. Ni el redil fabuloso de las tardes me invade así. Tu amor, a tu amor temo, nave central de mi dolor, y campo. Pero ahora estoy lejos, tan lejano que nadie lloraría si muriese. Comienzo a comprobar que nuestro reino tampoco es de este mundo. ¿ Qué montañas me elevarían? ¿Qué oración me sirve? Pueblos hay que conocen las estrellas, acostumbrados a los frutos, casi tallados a la imagen de sus hombres que saben de semillas por el tacto. En ellos, qué ciudad. Urden mil danzas en torno mío insectos y me llenan de rumores de establo, ya asumidos como la hez de un fermentado vino. Sigo. Pasan los días, luminosos a ras de tierra, y sobre las colinas ciegos de altura insoportable, y bellos igual que un estertor de alondra nueva. Sigo. Seguir es mi única esperanza. Seguir oyendo el ruido de mis pasos con la fruición de un pobre lazarillo. Pero ahora eres tú y estás en todo. Si yo muriese harías de mí un surco, un surco inalterable: ni pedrisca, ni ese luto del ángel, nieve, ni ese cierzo con tantos fuegos clandestinos cambiarían su línea, que interpreta la estación claramente. ¿ y qué lugares más sobrios que estos para ir esperando? ¡Es Castilla, sufridlo! En otros tiempos, cuando se me nombraba como a hijo, no podía pensar que la de ella fuera la única voz que me quedase, la única intimidad bien sosegada que dejara en mis ojos fe de cepa. De cepa madre. Y tú, corazón, uva roja, la más ebria, la que menos vendimiaron los hombres, ¿cómo ibas a saber que no estabas en racimo, que no te sostenía tallo alguno?

-He hablado así tempranamente, ¿y debo prevenirme del sol del entusiasmo? Una luz que en el aire es aire apenas viene desde el crepúsculo y separa la intensa sombra de los arces blancos antes de separar dos claridades: la del día total y la nublada de luna, confundidas un instante dentro de un rayo último difuso. Qué importa marzo coronando almendros. Y la noche qué importa si aún estamos buscando un resplandor definitivo. Oh, la noche que lanza sus estrellas desde almenas celestes. Ya no hay nada: cielo y tierra sin más. ¡Seguro blanco, seguro blanco ofrece el pecho mío! Oh, la estrella de oculta amanecida traspasándome al fin, ya más cercana. Que cuando caiga muera o no, que importa. Qué importa si ahora estoy en el camino.