Cómo veo los árboles ahora...

Cómo veo los árboles ahora…

Cómo veo los árboles ahora. No con hojas caedizas, no con ramas sujetas a la voz del crecimiento. Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas no la siento como algo de la tierra ni del cielo tampoco, sino falta de ese color de vida con destino.

Y a los campos, al mar, a las montañas, muy por encima de su clara forma los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada? ¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo veis a los hombres, a sus obra, almas inmortales? Sí, ebrio estoy sin duda. La mañana no es tal, es una amplia llanura sin combate, casi eterna, casi desconocida porque en cada lugar donde antes era sombra el tiempo, ahora la luz espera ser creada.

No sólo el aire deja más su aliento: no posee ni cántico ni nada; se lo dan, y él empieza a rodearle con fugaz esplendor de ritmo de ala e intenta hacer un hueco suficiente para no seguir fuera. No, no sólo seguir fuera quizá, sino a distancia. Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico. ¡Si lo oyeseis! Y el sol, el fuego, el agua, cómo dan posesión a estos mis ojos. ¿Es que voy a vivir? ¿Tan pronto acaba la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora los árboles, qué pocos días faltan…