I Estos ojos seguros, ojos nunca traidores, esta mirada provechosa que hace pura la vida, aquí en febrero con misteriosa cercanía. Pasa esta mujer, y se me encara, y yo tengo el secreto, no el placer, de su vida, a través de la más arriesgada y entera aventura: la contemplación viva. Y veo su mirada que transfigura; y no sé, no sabe ella, y la ignorancia es nuestro apetito. Bien veo que es morena, baja, floja de carnes, pero ahora no da tiempo a fijar el color, la dimensión, ni siquiera la edad de la mirada, mas sí la intensidad de este momento. Y la fertilidad de lo que huye y lo que me destruye: este pasar, este mirar en esta calle de Ávila con luz de mediodía entre gris y cobriza, hace crecer mi libertad, mi rebeldía, mi gratitud.
II Hay quien toca el mantel, mas no la mesa; el vaso, mas no el agua. Quien pisa muchas tierras, nunca la suya. Pero ante esta mirada que ha pasado y que me ha herido bien con su limpia quietud, con tanta sencillez emocionada que me deja y me da alegría y asombro, y, sobre todo, realidad, quedo vencido. y veo, veo, y sé lo que se espera, que es lo que se sueña.
Lástima de saber en estos ojos tan pasajeros, en vez de en los labios, Porque los labios roban y los ojos imploran.
Se fue.
Cuando todo se vaya, cuando yo me haya ido quedará esta mirada que pidió, y dio, sin tiempo.