Podríamos incluso contemplar sin fastidio ese amontonamiento de lo que ahora está bien. Volver al deleite, anticiparse una vez más a una especie de pérdida bajo las hojas de papeles, en la cocina, los diarios, la publicidad en el buzón, las hojas del campo, y qué solos estamos cuando todo está bien, qué pereza subir la escalera, qué rencor de peldaños. 1998
Todo lo que dice bordea el asunto. Habla de tierra rara, de un hotel, de varios obstáculos. Una mirada complaciente casi le abraza. Llega de un remoto trazo de letra. A cualquiera no le escriben. Tengo miedo de abrir los regalos, los dejo a la sombra del mueble. Si hubiese en ellos esa señal acabaría tirándome por la ventana. Es mucho mejor que las habitaciones de ese hotel… y después, fíjate, resulta un desencanto el envoltorio. Quiere lo que esconde la arena ese vaivén que sólo el viento es capaz de insinuar con su fuerza. Me dice: Transcurren los días encerrada todavía no he acabado la novela me cuesta dejar la casa que no tuve sueño con habitaciones sin puertas hoy ha llovido. Me duele la cabeza. A veces me eclipsa el tarot y me decido. Aquel viejo ajuste de cuentas me preocupa en sus melodías borrosas. Ya no es la que era. ¿Quién es la que era? Un trío de jóvenes afina la garganta van a cantar y el ruido es espantoso. Habla a borbotones y cae de su cabeza un péndulo justiciero, una cana que ha dejado henchido su corazón. Mis planes están lejos nadie ha oído nunca lo que dije. Cuando llega la serpiente yo me enrosco y construyo el hotel con soledades. ¿Quién lo habita? le pregunto. Un camarero sesentón lee la prensa tiene espalda de camionero y ojos de haber visto pocas cosas. No nos mira. Por fortuna todavía me queda tiempo lo sueño en los libros. Estará lleno de poetas. ¿Poetas? Tu hombre antiguo está reproducido en la caída de tu labio. Predices un porvenir que sólo es concedido a los extraños. ¿Y por qué poetas? Porque están solos y desayunaremos juntos. ¡Ah, cuánto he amado! Qué hipócrita confesión y qué sincera. Veo tu fingir estar despierta, una voz que corre por la terraza de una casa que tuve. Una barriga indispuesta. Un ¿quién lo ha hecho? ¿A estas horas cómo pude haberlo hecho? Pero qué hiciste. Sumisas decisiones en el fondo. Y me repite: Todavía soy hermosa, me dijo el ginecólogo que se puede hasta los cuarenta y cinco. Mis madrugadas son terribles pongo música y recuerdo canciones no te puedes imaginar lo que me pesa el estribillo de las de cuna. Todavía no hemos muerto. Otra cerveza. Durante media hora se callan los músicos. Me voy hacia atrás con ella, nos percatamos de una vieja deuda porque nos hemos equivocado de vaso. Te quise tanto. ¿A mí? ¿A mí me quisiste? ¿Qué hora es? Tu deseo es confuso. Fíjate, es una tierra sola que da al mar llena de poetas desayunando conmigo. Yo sé que tu ex amante desapareció entonces, quería la gloria y se hizo famoso e inaccesible. ¿Cómo puedes reprochármelo? Los misterios insondables no existen si no se adora un cuerpo. Esta escena de pasión me parece muy sórdida. Es una tierra llena de rabia. Yo salgo de una ventana y contemplo un mar desgajado del paisaje. Anula las huellas y pone pisadas. Estamos rodeadas de ropa tendida bamboleándose. Crecen arbustos y se encaraman en una mesa plegable. Veo restos de un desayuno entre varios, la imaginación de los que estuvieron ha formado una nube de pensamientos que se deshace, como un recuerdo helado sobre el cubo de fregar. El agua estancada formula paradojas. Tú tiras su contenido a la tierra, la tierra llena de rabia desgaja los poemas se traga los silencios, las muecas y los gestos de los que aquí estuvieron. * * *
Se van. Hacen cloc clac, como si chocaran. Crujen dentro y fuera del agua, están en otra parte: vuelan. No hay números infinitos sólo los que dividen unidades. Mi mejor chaqueta para el espectáculo. Tú estabas más vieja. No es la edad, sino las señales. ¿Averiguaste dónde en qué lugar se forman? Una dentro de otra, como gemelas, son agujeros en una vida llana que pretende altibajos sin emociones. Parecías una laguna sin vida interior cuyas ondas te daban un semblante de ninfa poco aureolada. Yo me convertí en la pesadilla y hacía ruido cuando me movía, hacía clong-clong, y se alejaba todo lo que tenía ganas de acercarse. Formé una ladera de restos como cuando subes a una loma y encuentras una incineradora de basura cuyas cimas se dibujan porque varias gaviotas te inquietan alineadas sobre los plásticos. Recordé cómo llegué aquí y mis pies crecieron. Cómo no haber llegado. Me fui acercando a un presente que estuvo presente.
1998 * * *
Cada año me convierto en un grupo de personas que se disuelven en una calle peatonal, los días dos de enero veo esparcirse un trozo de mi alma que yo contemplo apostada en una esquina buscando en las grietas de la pared una especie de recuerdo como de ventana caída. También veo la disolución de una edad y me observo con una mueca sin días previos que se lleva parte de mi ser y es entonces cuando me distraigo y entran a mi casa las cartas, resuenan en los párrafos, en los trozos de frases. ¿Y aquel encuentro? Ahora que no estás yo. No te… viajaremos este verano. Vayamos al lugar. Árboles frutales, tú la fru… te vivo en la azotea. Cuando quebró. ¿Quién creería? Tu compañía me endul… me rompe el mar.
1998 * * *
Días en los que vivir parece una tabla que apuntala una ciudad, y luego querer tomar café. Qué clase de correcta inarmonía duele al desechar los azucarillos. Un mundo en los dedos y un mundo más hondo y desgajado que no late en la mirada de nadie. Momentos así son todo alrededor de tantas sillas. Me gustaría emborracharme pero son las diez y calculo que dentro de ocho horas estaré perdida. Come algo. No, porque no tengo apetito. Deseo fumar y hacer malabarismos con el instante éste. ¿Sabes que no eres adorable? Busco echarme en el suelo y tener libertad para mojarme. Son cosas que comienzan cuando apuntalas el mundo un lunes. Si se está realmente quieta notas el humo del tabaco en el espejo y te ves irreal para poder pasar el brazo por encima de una imagen que apuntala cinco años de vida. ¿Tienes grietas cuando sales a la calle? Tres o cuatro. Y me empujas para no entrar donde hasta las piedras sienten la lejanía. Son bares en habitaciones, pósters iluminados de artificiales ratos que invitan a morirse de risa ante una silla. La gente ofrece dicha con la lengua pastosa, demanda roces imperecederos apurando una copa, son brechas de diminutas felicidades enjuagadas en alcohol. Yo me río porque me encuentro cobarde, quiero aferrarme a algo, a una silla, hacer una prueba de fuego sobre un taburete dejándome llevar de la mirada del personaje que pone los discos y me veo extendida en una biblioteca irreal, la sabiduría pide demasiado poco. Es tan temprano. Te quiero acompañar y derrumbar contigo el puente de la salvación que nos lleva de esta casa a los vientos y a las salidas de mar. Tienes la voz de un gran amor y una presencia de escondite que enturbia planes, que sale de dudas y entra en ciudades donde no hay un local para abrazarte. Yo te veo en la 315 asomada hacia la calle para ver si llego. Llega una bandeja con café sobre una silla que apuntalo al borde de la cama. Y después yo, que soy las aberturas, el grifo goteando, el tic-tac, las voces de la gente que chilla que se quiere morir de una rabia hecha jirones.
1998